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POR Max Navarro

Tiene implicaciones sociales profundas y realmente no somos conscientes de la forma en que la belleza afecta nuestras relaciones, nos da enormes posibilidades o nos las quita. La neurociencia, apenas recien...

Tiene implicaciones sociales profundas y realmente no somos conscientes de la forma en que la belleza afecta nuestras relaciones, nos da enormes posibilidades o nos las quita.

La neurociencia, apenas recientemente, ha demostrado científicamente lo que las culturas clásicas habían establecido como una premisa de la esencia de su cultura, que la belleza en la polis (ciudad) crea un sentimiento de grandeza cívica, que la cercanía con la belleza hace coherente la estructura social de una civilización.

En el cerebro suceden muchas cosas cuando estamos ante algo bello, sea una persona, una obra de arte o un paisaje de la naturaleza y así mismo cuando se está ante la ausencia de la belleza. Los estudios confirman que los rostros atractivos, por ejemplo, iluminan una red cerebral relacionada con la recompensa, existe una actividad neuronal compleja y distribuida en el cerebro y se ha distinguido que gran parte de estos circuitos de recompensa son los mismos que responden al sexo o a la degustación de un manjar. Por otro lado, algo que nos resulta poco estético activa la amígdala o el cerebro reptiliano, muy parecido a cuando hay señales de alerta y miedo.

La belleza ha movido a la humanidad entera, la ha transformado y lo sigue haciendo.                               

Vea usted cómo la definición de lo que consideramos belleza es insistentemente necesario a través de nuestra evolución a través de diferentes épocas:

El canon, palabra que proviene del griego ??????? = regla, son una serie de medidas y proporciones que se refiere a las razones ideales del cuerpo humano y a las relaciones armónicas entre las distintas partes de una obra arquitectónica o pictórica para que se considere bella.

El Canon griego es el referente que establece en occidente las reglas de la belleza, Policleto, el más grande escultor de la antigüedad, del siglo V a. C., define las proporciones para que una escultura posea las cualidades de belleza según la cultura griega, dio resultados tan bellos que en el imperio romano la escultura dedicada a los dioses romanos, como el Ara Pacis, los escultores no eran romanos, sino griegos, los únicos capaces de respetar el canon clásico heleno… digno de los dioses.

Marco Vitruvio, arquitecto y tratadista romano del siglo I A.C. dejó asentados estos conceptos, ampliados con otras proporciones entre distintas partes del cuerpo humano, que fueron reelaboradas por los artistas del renacimiento, especialmente por Alberto Durero y por Leonardo da Vinci.

San Agustin, Agustín de Hipona, ya maduro, escribe en sus confesiones: “Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y allí te buscaba”.

En la edad moderna, el arquitecto suizo Le Corbusier creó un nuevo canon de proporciones humanas al que denominó Modulór, para aplicar tanto en la construcción de edificios como en el diseño de mobiliario y objetos comunes.

Es evidente que las culturas cumbres de la historia de la humanidad han buscado y definido, según su entendimiento de su estética lo que es bello. Pero en el siglo XX la belleza dejó de ser importante, y el arte buscó desafiar los cimientos de la moral estética establecida en la cultura. La meta ahora era la originalidad, y esto derivo a un culto de la fealdad, y no sólo en el arte. En la arquitectura y en el lenguaje también.

Hemos perdido la belleza, concluye Roger Scruton, filósofo inglés y con ella, el sentido de la vida.

Durante más de 2,000 años, nos recuerda Scruton, Los artistas del pasado sabían que la vida está llena de caos y sufrimiento, pero a la vez sabían que existía un remedio para aliviar y brindar consuelo, que enaltecía el espíritu y afirmaba el valor de la vida… la belleza de la obra de arte. En la modernidad, en cambio, empezando con Marcel Duchamp, el artista ya no aspira a redimir la vida mediante una pieza original, y de ahí su famoso orinal, un feroz reto al mundo artístico…  cualquier cosa, inclusive un mingitorio, puede ser una obra de arte.

El arte perdió en ese momento su dignidad, (y si el mundo carece de sentido, el arte debe reflejar ese caos y su falta de belleza). Lo único que vale, hoy en día, es el concepto, no la creación plástica. El error de esa teoría, opina Scruton, es que olvida que el gran arte del pasado estaba lleno de ideas, mucho más complejas y refinadas que las ocurrencias de hoy, y ahora cualquiera puede ser un artista. Ya no se necesita talento, creatividad ni buen gusto.

La belleza importa, es una necesidad universal del ser humano, y sin la belleza vivimos en un desierto espiritual. No sólo somos animales con apetitos y urgencias. Somos seres espirituales, capaces de sentir el éxtasis, amar al otro, admirar la belleza, reverenciar lo sagrado y aspirar a lo eterno. ¿Un pensamiento anticuado? Ufff, en el contexto de hoy, ¡es más bien revolucionario!

 




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