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POR Lilia Martínez

Por mucho tiempo el consumo funcionaba para satisfacer una necesidad, se buscaban productos duraderos y resistentes con la intención de obtener un beneficio real y a largo plazo.

A partir de los años ochentas inició la tendencia de consumir por placer, hasta llegar a la época actual, caracterizada por algunos como la era del "hiperconsumo".

Acceder a cierto producto o servicio se asocia con la idea de mejoramiento en la calidad de vida y mayor comodidad. Igualmente se ha utilizado el "ir de compras" para lidiar con la insatisfacción, el vacío o el deseo de poder.

Acceder a cierto producto o servicio se asocia con la idea de mejoramiento en la calidad de vida y mayor comodidad. Igualmente se ha utilizado el "ir de compras" para lidiar con la insatisfacción, el vacío o el deseo de poder.

La industria comercial no sólo responde a necesidades, sino también diseña y establece como moda (con su respectiva temporada) aquello que la población "debe necesitar y desear".

El sector financiero colabora facilitando medios y plazos interminables para que todas las clases sociales puedan comprar.

Por supuesto, la publicidad estimula con la exposición constante de los determinados "objetos de deseo".

Consumir se ha vuelto un indicador de felicidad.

El resultado de estos factores, es que el consumo se ha convertido en entretenimiento, un estilo de vida y una necesidad; pareciera que hay que comprar para pertenecer y para existir. Se alaba "la abundancia" y hemos ganado el título de la sociedad más endeudada respecto a generaciones anteriores y ni hablar de la violencia que esto genera.

Después de todo, consumir un producto o servicio es algo necesario e inevitable, lo que habría que evaluar para hacerlo con mayor responsabilidad es el motivo por el que se hace; lo esperado es que surja de una carencia, de "algo" que hace falta de manera legítima. Lo ideal es que se batalle un poco para conseguirlo, pues ahí adquiere valor.

Un consumo sensato, contrario a uno compulsivo, sería el que aplique la frase "cada quien…", es decir: cada quien conoce sus necesidades, deseos, medios y la planificación de sus finanzas reales, pero sobre todo, el que no ubica la felicidad en una transacción comercial.

 




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