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POR Lilia Martínez

La arquitectura traza algo más que un plano, dibuja dinámicas humanas: la vida es diferente si cuentas con un cuarto para 6 o un jardín para 50, no es igual vivir en edificio en el centro, en el campo o en un fraccionamiento de lujo.

Hay ciudades diseñadas para andar, otras para bicicletas y unas más en las que es mejor no tener muletas.

La arquitectura es más que materiales y construcciones, es una mirada que coquetea con lo inexistente para apropiarse de los espacios e inventar lugares para habitar, para tener un hogar.

Cada obra retrata un poco de su autor; de los deseos, necesidades o necedades de quien la encarga, cada proyecto arquitectónico es el retrato de una época, una escuela o una tendencia, pone en evidencia la construcción (o destrucción) de una identidad o una comunidad.

La arquitectura no es asunto exclusivo de los y las arquitectos(as), porque es la radiografía de este intento nuestro de ser humanos, de nuestro pasar en el tiempo, de los espacios que ocupamos, incluso para trascender.

La arquitectura de una ciudad es un retrato de sus acuerdos, de sus desigualdades, de sus planes y pretensiones. La arquitectura puede otorgar o arrebatar dignidad. Es un fragmento de ti, de tu logro o fracaso en la inagotable búsqueda de un lugar en el mundo.

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