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POR Diego Enríquez

Todos de alguna manera recordamos nuestras primeras veces en una sala de cine. Sentarnos en medio de la oscuridad ocupando una butaca más grande que nosotros mismos, escuchar el sonido al inicio de la proyección y ver cómo la pantalla se inunda de imágenes a una proporción gigantesca.

Es parecido la televisión, pero sin duda es algo mayor, espectacular. El cine nos marca como una de nuestras primeras grandes experiencias, en la que como niños no tenemos un concepto de si es una forma de arte, de entretenimiento o cualquier etiqueta, simplemente es una película, y se convierte en parte de nuestras vidas cotidianas como algo que nos brinda una felicidad mayor. De niños, ir al cine era algo que se nos reservaba para un buen día o el esperado ritual de fin de semana que nos podía hacer fingir soportar una misa antes. Y cada generación en su infancia de alguna forma se ve marcada por alguna película.

Los que crecimos en los 90’s no podemos olvidar el nudo en la garganta al ver -spoiler alert- a Simba convirtiéndose en huérfano de padre en El Rey León. Y así podríamos seguir volteando a las décadas anteriores y sus películas lacrimógenas de cada época, con Disney detrás de la gran mayoría de ellas. Y estas películas tienen una mayor trascendencia que las películas en sí mismas, se convierten en auténticos referentes culturales que definen a generaciones enteras.

El clásico de navidad (y sigue siendo mi ritual navideño favorito) de los de mi generación es ‘Mi pobre angelito’ (Home Alone, 1990). El primer gran acercamiento (para algunos hasta traumático a la genética y la paleontología lo vivimos en el ’93 con ‘Jurassic Park’, haciéndonos enternecer con los bondadosos dinosaurios herbívoros y palidecer de miedo con el T-Rex y las habilidades maquiavélicas de los velociraptors.

En 1996 vimos con asombro como una película podía ser creada totalmente por computadora (o lo que aquello significara hace veintidós años) con Toy Story, en una historia que parte de algo no menos absurdo que clonar dinosaurios, pero con personajes bien estructurados, entrañables y el desarrollo de una narrativa perfectamente ensamblada.

Y mientras no estábamos en el cine, crecíamos viendo en la televisión las películas que marcaron a las décadas anteriores. Los que crecimos en los 90’s crecimos también con las trilogías de sábado por el canal cinco y podíamos recitar de memoria (con las voces dobladas al español, claro) las de ‘Volver al Futuro’, ‘Tiburón’, ‘Terremoto’ e ‘Infierno en la torre’ o dormir mal durante días con las de ‘Poltergeist’ y ‘La Profecía’. Y así sobre en estas líneas regreso a mis afirmaciones de la primera entrega de esta serie de textos: Todos los de este siglo (y el pasado) crecimos con el cine. Todos tenemos una memoria sobre él y una manera de interpretar las cosas a través de las películas.




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