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POR Lilia Martínez

Esto es vivir en una comunidad que cobra vida a través de sus colores, sabores, olores y amistades en las que se puede confiar.

Para empezar les presento a Petra, la del puesto de frutas y verduras, Don Pepe es famoso por sus licuados de "El volcancito", luego tenemos a Carlos de la carnicería y Carlos el de los jugos. Para birria, hay tres opciones muy buenas, yo solía ir con "El Pichi" que ya sabía que mi plato iba con salsita de las dos.  Si es domingo es día de menudo de Doña Mary o los sopes de "Las güeras", sólo prepárate para "hacerte agua la boca" a cada pedido que sale que no sea el tuyo.

En este recorrido, no podemos dejar de mencionar las deliciosas gelatinas, el rompope, los churros y los "chocomiles" de Don Chilo, pero lo mejor de su lugar, es el cálido trato de su trabajadora familia. Otro pasillo que no puedes dejar de visitar, es donde está la bandeja de camote, los elotes recién cocidos, las tortillas hechas a mano, las flores de calabaza recién cortadas y los nopalitos con su cilantro y chilito rojo picado. De fondo, se escucha el ruido de la tortillería y el famoso "¿qué va a llevar güerita?".

Del otro lado, la explanada del templo se alegra con las campanadas, el juego de niños que atrapan las burbujas de jabón, así como por el puesto de las guacamayas, la venta de rosales, malbas y petunias. Aparecen también el del local del periódico junto al que vende chicles de ajo, polvos pica-pica y máscaras de luchadores.

Por las noches, los vecinos salen de su casa a charlar con todo y silla, los niños a jugar y otros más, se van a bailar "Nereidas". Los días de fiesta, hay cohetes, rueda de la fortuna, algodones y a veces pan chiquito. En las fachadas y puertas se ponen listones amarillos, morados y blancos, a su vez, la gente, se pone más guapa.

Hablando de las tienditas, hay que hablar de Juan y sus tortas de vinagre, del "pilón" de dulces que daba Carmelita. Se le tiene cariño a la papelería de Chebelo e Irenita y un lindo recuerdo a los vestidos de "Las choles". Al que jamás hay que olvidar es al lechero, no vaya a ser cierto, que resulta ser tu padre.

La gente se lamenta si a un negocio le va mal o si en una familia tiene funeral. Quienes vivimos en estas calles nos conocemos de mucho tiempo atrás; aquí respiramos (sin hacer gestos) el olor del alma de esta ciudad de curtidores.

Esto y mucho más que no alcanzo a mencionar, es la vida en los barrios que no requieren casetas de seguridad, credenciales para pasar, ni bardas, cuotas o letreros para amenazar. 




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