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POR Diego Enríquez

De entrada, sería en parte erróneo definir si una película es buena o no por la cantidad de nominaciones o premios Oscar con que cuenta. Si ese fuera el parámetro, el buen cine sólo existiría ante los parámetros de la Academia.

Tales premiaciones, más allá de galardonar al cine como arte, buscan premiar al cine como espectáculo. A fin de cuentas, esa es la esencia de la cinematografía de Hollywood: una mera forma de entretenimiento que atrae a millones de espectadores y sus carteras. El cine que pasa premiado por los Oscars, por definición, debe ajustarse a ciertos parámetros estéticos y narrativos para encajar en el club, y en sí mismo, el premio es un espectáculo que atrae las miradas a ciertas películas, asegurando su permanencia por unas semanas más en cartelera y en la mente del público.

Ahora, es también gracias al Oscar que grandes películas como La Forma del Agua (Del Toro, 2017), sean puestas en el mapa a la audiencia y vayan un tanto más allá de los circuitos de festivales y muestras artísticas. Y volvemos al tema, si ese es el termómetro, ¿las películas que no tienen nominaciones o premios Oscar no son buenas? Y si lo son, ¿dónde las vemos? Regresamos al gran problema de la distribución cinematográfica.

Las grandes películas que muchas veces no llegan a los Oscars o a esos grandes reconocimientos (nuevamente, del cine como forma de entretenimiento) son muchas veces desapercibidas por los grandes públicos, que cruelmente olvida la existencia del cine independiente, de las formas cinematográficas que regresan al cine a sus orígenes más puros: el de la expresión artística. El cine no sólo existe en las carteleras de las grandes salas o anunciado en todos los medios publicitario. Está también en circuitos como las muestras itinerantes de la Cineteca Nacional, ciclos cinematográficos, o plataformas digitales como Netflix. Incluso dentro de los grandes clásicos. El Resplandor (Kubrick, 1980) o Érase una vez en América (Leone, 1984) son ejemplo de dos grandes de la historia de la cinematografía que no llegaron a los premios. O películas como Okja (Joon-Ho, 2017), que polémicamente gritan por hacerse una voz a través de las nuevas formas del cine en plataformas digitales.

Este año tenemos el caso particular de Detroit (Bigelow, 2017), de discurso claro y directo, con una historia situada en el contexto histórico de los disturbios raciales del ’67.

Una pieza excelentemente dirigida, bien recibida por la crítica y olvidada por la todopoderosa Academia. Y el hecho de que no haya sido nominada no implica que no sea digna de verse, o que por no haber llegado a más de una semana en cartelera no deba buscarse la manera de encontrarla, sobre todo hoy que es más fácil acceder al cine y que no está necesariamente ligado a una empresa que proyecta cintas en una sala con butacas. El cine cambia a la par de su audiencia y sus formas de consumo. El cine existe y está para todos más allá del encandilamiento de los premios.




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