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POR Max Navarro

La propuesta de cualquier gobierno de atender a los sectores que carecen de vivienda propia, con construcción masiva de vivienda, siempre es una oferta política con grandes posibilidades electorales de...

La propuesta de cualquier gobierno de atender a los sectores que carecen de vivienda propia, con construcción masiva de vivienda, siempre es una oferta política con grandes posibilidades electorales de éxito, la sociedad misma busca dentro de la economía formal e informal, atender este déficit de espacios habitables.

Lo que es lamentable, es que la inmensa mayoría de vivienda que se construye en el país se atiende en un contexto urbano sin una visión de calidad, es más, parece que el gran objetivo es simplemente tratar de cumplir con las cuotas de cantidad de vivienda, ¿a quién le importa la calidad urbana?, ¿para qué sirve? Por falta de propuestas nuevas estamos dejando de lado importantes herramientas para crear comunidades y ciudades con posibilidades de desarrollo armónico y socialmente más sustentable.

Los sectores de gobierno orientados a atender el crecimiento urbano del país han creado modelos y normas que intentan regular e impulsar las inversiones para crear una oferta que satisfaga la gran demanda de vivienda pero, si caminamos en cualquiera de los desarrollos habitacionales en nuestro país, desde interés social hasta zonas residenciales, con honrosas excepciones, vemos cómo se degradan al poco tiempo de inaugurados; sus habitantes modifican casi de inmediato sus viviendas para satisfacer alguna necesidad de espacio o de actividad que requieren y casi siempre este proceso crea un caótico resultado, es caro e inadecuado para el usuario y agrede la convivencia con sus vecinos. Pero lo que es innegable es que el usuario de esa vivienda tiene legitimo derecho de buscar opciones para mejorar su calidad de vida, lo que sucede es que o no se pensó en esa posible necesidad o económicamente hay que darle poco terreno y poca vivienda por que no alcanza para mas.

Si se hiciera un análisis de esos barrios deteriorados, la ecuación de calles + vivienda + equipamiento + áreas verdes, se evidenciaría fácilmente la casi nula oportunidad de plantear una comunidad o barrio de calidad. El origen mismo de ese caos urbano reside precisamente en su diseño y planeación; los desarrolladores dedican un gran esfuerzo de análisis a los costos de materiales y procesos de construcción, ni qué decir sobre la tramitología que requiere un esfuerzo desgastante, pero damos por hecho que el modelo urbano que estamos acostumbrados a ver es el que funciona, y una y otra vez, repetimos los mismos errores que no han funcionado por las últimas 6 décadas.

La Unesco desde hace más de 25 años concluyó que la problemática de vivienda en Latinoamérica es la tierra urbanizada; si la gente cuenta con un terreno en un entorno urbano que tenga servicios y que esté estructurada para que no obligue a los usuarios a recorrer grandes distancias para adquirir los productos y servicios que requiere, ellos mismos, los usuarios, resuelven poco a poco su construcción de su vivienda, con sus patrones culturales, solamente hay que coordinar el lenguaje urbano correctamente, el resultado ha sido comunidades que a través del tiempo funcionan equilibradamente con su entorno.

¿Sabe usted cómo se han construido las ciudades de más belleza y que mejor funcionan en el mundo? Precisamente así: tierra urbana que ha sido activada mediante una infraestructura (por mínima que sea, piense en el casco histórico de Guanajuato, el de Zacatecas o el centro de Morelia) cercana a los equipamientos urbanos del barrio, en los pueblos o ciudades que tienen esta característica.

Y a nivel mundial sucedió exactamente igual, vea usted Siena, Venecia o Padua en Italia, son cascos de poblados maravillosamente humanistas. Sus gobiernos en turno NO CONSTRUYERON VIVIENDAS, activaron porciones de tierra vinculadas a infraestructuras, insisto: mínimas en la mayoría de los casos, pero coherentes para tener viviendas cercanas al barrio y sus escuelas, mercados y plazas públicas.  ¡Hoy son ciudades de clase mundial!

El área de inteligencia urbana del Deutsche Bank, llamado Urban Age, ha demostrado en varios estudios, que al otorgarle vivienda a nuestra clase trabajadora lejos de la ciudad central y de las zonas de mejor equipamiento, lo que en realidad estamos haciendo es que los empobrecemos día a día. Los traslados de una, dos o tres horas hacia su trabajo les quita de sus manos hasta el 32% de su ingreso sólo en transporte, pero les arrebata algo más importante aún, su tiempo personal y familiar. Este modelo urbano no funciona ni para ellos ni para el resto de la sociedad, todos perdemos! 

¿Pero nadie lo cuestiona, verdad? Son males silenciosos que nos tiende la trampa del desarrollo acelerado.

Tenemos magníficos ejemplos de ciudades y pueblos que poseen -magia urbana- simplemente recordemos la isla de Janitzio en Michoacán, San Miguel de Allende en Guanajuato, San Cristóbal las Casas en Chiapas, el mismo centro histórico de la Ciudad de México, por mencionar solamente algunos, pero estos patrones urbanos que nos hablan de un esfuerzo por crear espacios con calidad para sus habitantes, lamentablemente no nos han hecho reflexionar como país para forjar el México moderno que hacemos día a día.

Es obligación moral de nuestras universidades y sus académicos “pensar, proponer y criticar las acciones que inciden en nuestras ciudades”, es más…urge que lo hagan!  En el ámbito académico existen los recursos de conocimiento y el talento humano para mejorar nuestro entorno habitable.  Esa complicidad de someter a nuestras ciudades a las obras de infraestructura que convienen a los políticos para saquear las arcas, y a las ocurrencias de nuestros burócratas en turno, sin la opinión siquiera de las universidades o los mismos grupos colegiados de profesionistas y la sociedad misma, nos está resultando muy oneroso e inoperante para crecer como país desarrollado. 

Nuestros hijos nos lo reclamarán más pronto que tarde.




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