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POR Salvador Zermeño

Los rascacielos simbolizan el poder financiero de los negocios, el panóptico de la era interactiva de la tecnología y la interacción energética del mundo de la conectividad y las redes; en México tenemos lo nuestro.

Cuando hablamos de  rascacielos, pensamos en Nueva York con su estructura financiera o en Dubai, la ciudad con mayor crecimiento en el mundo representando el poder del petróleo.

Los rascacielos simbolizan el poder financiero de los negocios, el panóptico de la era interactiva de la tecnología y la interacción energética del mundo de la conectividad y las redes; en México tenemos lo nuestro:

Torre Prisma, antigua sede de las oficinas de la Lotería del arquitecto David Muñoz, es un exquisito proyecto de cristal del modernismo.

Torre Latinoamericana de Augusto Álvarez con su ingenioso sistema de cimentación a prueba de sismo, levantada en el año de 1956.

Torre Reforma de Benjamín Romero nominada como uno de los mejores cinco rascacielos por el International Highrise Award 2018, es un prisma de concreto que se quiebra hacia adentro, abriéndose con una fachada de cristal con terrazas públicas aéreas.

Torre BBVA Bancomer  de Rogers Stirk Harbour + Partners + Legorreta, mezcla la alta tecnología de Rogers con la arquitectura emocional de Legorreta, logrando un estilo internacional muy mexicano.

Torre Virreyes de Teodoro González de León, contiene en su interior un edificio catalogado por el INBA; es el corporativo más importante de la zona con la forma de una pirámide truncada invertida de gran volado.

Torre KOI en Monterrey, con ligeras inclinaciones escalonada en tres cuerpos, representa la torre más alta de México actualmente.

Y en Guadalajara, la Torre de Avenida Patria Hipódromo en Guadalajara del arquitecto Carlos Ferrater con una excelente integración al contexto y un juego de celosías intercaladas.

 

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