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POR Lilia Martínez

Las mujeres que se vuelven madres humanas, ejercen su rol con su existencia, sus virtudes, dificultades y fallas. Son las que entienden por fin a sus propias madres al ubicar que dando mucho o poco

En 1932, el Presidente Ávila Camacho comenzó la construcción del Monumento a la Madre en la Ciudad de México en la que su placa dicta: “A la que nos amó antes de conocernos”.

Aunque como terapeuta le tengo un gran cariño y agradecimiento a la figura de la “madre buena” que nos da mucho trabajo en esta profesión por ser un ideal, un anhelo inalcanzable; este mes de mayo hablaré más bien de las madres humanas.

Las mujeres que se vuelven madres humanas, ejercen su rol con su existencia, sus virtudes, dificultades y fallas. Son las que entienden por fin a sus propias madres al ubicar que dando mucho o poco, termina siendo insatisfactorio.

A las madres humanas se les critica fuertemente -generalmente por quien no tiene hijos(as)- cuando escuchan una protesta surgida del trabajo de crianza con la frase: “Pues no los hubieras tenido”, porque además, no logran entender que a pesar de las quejas y vicisitudes, seguramente, los o las volveríamos a concebir; pues una madre humana, como toda persona tiene sus contradicciones y el derecho a ponerle nombre a los malestares que trae consigo posiblemente la función más sofisticada que alguien adquiere: criar y cuidar de un ser humano(a).

Aunque también se les señala, “las madres humanas” no desean abandonar o descuidar a sus hijos(as), sólo son mujeres que forman parte de una generación y un contexto en el que pueden explorar y gozar de los espacios que históricamente les fueron negados: arte, ciencia, academia, deporte, política, negocios, por mencionar algunos; mujeres que requieren urgentemente de una crianza compartida que involucre más a los padres u otros agentes de cuidado y sostén, ojo, no para que “las ayuden” como si fuera su única responsabilidad, sino como el necesario diseño de un esquema que responda a los diversos intereses de todo un sistema familiar.  

Es así que tal vez, las “madres humanas”, las actuales, sólo están viviendo los sueños que soñaron sus madres, abuelas y bisabuelas. Mujeres que contrario a las madres que refiere Ávila Camacho, Rafael Alducín o Julia Ward*, han descubierto que el amor a los y las hijas es un proceso humano que se va construyendo día a día, de acuerdo a la historia particular y que es más placentero si se da en reciprocidad.

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