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POR Oscar Herrera

Lo que a los jóvenes no les interesa y a los adultos ya no les alcanza

Contar con un plan de ahorro e inversión para el retiro es un tema fundamental para la salud financiera de las personas y de los países. En lo individual, es necesario porque resulta manifiesto que no podremos trabajar toda nuestra vida, al menos no con el mismo ritmo y productividad, así que debemos hacer alcancía para los años en que ya estemos en la tercera edad. Como nación, el asunto es igual de relevante, pues es un grave problema de finanzas públicas que una sociedad envejezca sin poseer una pensión que le permita sufragar sus gastos necesarios.

      Vaya, el ahorro para el retiro nos sirve a los ciudadanos para tener de qué vivir con dignidad, y al país para no tener que hacerse cargo de la gran mayoría de nosotros. Desde luego, lo último suena un tanto utópico, pues aunque las autoridades lo desearan, sería imposible que el dinero público alcanzara para sostenernos a todos, mucho menos en condiciones aceptables.

      Lo comento a raíz de un dato preocupante recién difundido por la Condusef: resulta que el 48% de los mexicanos no está inscrito en ningún sistema o plan de retiro. Es una barbaridad, sobre todo si reflexionamos que, dentro de 15 años, se invertirá la curva demográfica y comenzaremos a ser un país con mayor gente adulta y menos jóvenes.

      Se trata de un tema que en México está aún en pañales, pues la cultura financiera es prácticamente inexistente entre los ciudadanos, y las políticas públicas para fomentarla brillan por su ausencia. No le estamos poniendo atención al asunto, y es una de esas bombas de tiempo que si no se desactivan con unos 20 años de anticipación, le estallan en las manos a los ciudadanos.

       Es cierto que en México la mitad de la población no cuenta con los ingresos suficientes como para pensar en construirse un ahorro para el retiro, incluso más, tal vez un 65% o 70% de la población no gana lo suficiente para ello; el porcentaje restante sí está en condiciones de hacerlo, pero igual no lo realiza, pues no se posee este hábito financiero de vida.

       En el trajín diario como asesor en este tipo de temas, para mi resulta paradigmático el comportamiento social al respecto. En términos muy generales, considero que se puede hablar de tres grupos: primero, los muy jóvenes menores de 30, que simplemente no piensan que algún día puedan envejecer y son indolentes ante la necesidad, nomás no registran el asunto; luego, los jóvenes de entre 30 y 49, que aunque ya visualizan la necesidad, sienten que aún tienen muchos años para hacerlo, y que por tanto hoy es más importante cambiar de automóvil; y por último, los mayores de 50, quienes ya empezaron a asustarse porque se acerca la sexta década y no han hecho nada al respecto, solo que tienen la gran desventaja de que recuperar el tiempo perdido es muy costoso, por lo que tampoco les alcanza ya para juntar algo significativo que les resuelva el problema.

       Ojalá que el gobierno se echara a andar con políticas públicas intensas y agresivas de fomento a este tópico. Hay mucho por hacer y no se está haciendo. Todavía no hemos hecho conciencia de que en finanzas, lo más caro que existe, es el tiempo.




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