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POR Luis Esquivel

Desde el inicio de este año sabíamos que sería un año importante y memorable. Pasaron las campañas, y pasó la elección en la que el México enojado contra el sistema le ganó al México preocupado por convertirse en Venezuela;

Andrés Manuel López Obrador será Presidente de la República en su tercer intento y después de más de una década de persistencia. ¡Por fin venció al invisible poder que controlaba los medios y los mercados, los votos y las voluntades ciudadanas!

¡Ahora todo está arreglado! Ya no habrá corrupción, el país crecerá a niveles insospechados, se acabará la violencia y el tráfico de drogas, el salario mínimo aumentará como nunca antes y ya no habrá pobres… solo hay un problema: que a partir del primero de diciembre se acaban la retórica y las ocurrencias; a partir del primero de diciembre la culpa ya no es de la mafia del poder; a partir del primero de diciembre sus dichos tendrán consecuencias y lo que ha prometido a sus votantes durante años tendrá que ser realidad. En el momento en el que se coloque la codiciada banda presidencial el país y sus problemas, el gobierno y su realidad (para él hasta ahora desconocida) serán su responsabilidad.

Venció y su reto dejó de ser ganar una elección y ahora será el gobernar, cumplir y no desilusionar, porque la contundencia de su victoria y el nivel de expectativa solo le harán más corta su “luna de miel” y a pesar de tener mayorías en las Cámara del Congreso muchas de sus promesas de campaña le serán exigidas muy pronto.

¿Cumplirá? ¡Claro!

Buscará vender lo más pronto el avión presidencial, no vivirá en Los Pinos y convertirá la propiedad en un centro cultural, eliminará el fuero en todos los niveles, revisará los contratos del aeropuerto (aunque vaya a concluir que están bien), enviará al Congreso una iniciativa para la eliminación de plurinominales, no habrá aumentos a los combustibles (más que los que el mercado dicte), viajará por toda la república y podrá incluso cancelar la reforma educativa. La dificultad empezará cuando se enfrente a las realidades del país, sobre todo cuando se necesite dinero para llevarlas a cabo.

Una de las primeras realidades a la que se enfrentará será la de la burocracia. Él sin duda será un presidente austero que vivirá en su casa actual o algún departamento, eliminará las pensiones a los expresidentes y reducirá su sueldo y el de los secretarios; pero no se ha tomado en cuenta al resto de los funcionarios que mucha veces dan más esfuerzo de lo que se les remunera y que ahora se pretende recortar sus sueldos, y no solo eso sino que con todo y sueldo recortado pretende enviarlos a trabajar a algún otro estado de la república, lo que les representaría una gran inversión. Trabajará pues con un gobierno descontrolado y desmotivado.

Derivado de esto y de otras medidas de austeridad seguramente habrá ahorros, pero difícilmente alcanzará para subir sustancialmente el sueldo a todos los médicos, enfermeras, policías, fuerzas armadas y maestros al servicio del Estado, como lo ha prometido.

Otros grandes problemas los enfrentará en el área de la economía, pues ha prometido un crecimiento mínimo del 4% anual y se antoja difícil, no imposible, pero difícil. El aumento por decreto del salario mínimo puede desmotivar a las empresas, la promesa de los precios de garantía para productos del campo puede afectar la balanza comercial; y la sustitución de importaciones derivará en aumento de precios de los productos por falta de competencia.

Sobre la educación se correrá el riesgo de disminuir la competitividad de las universidades al eliminar los exámenes de admisión; en salud podría impactar el servicio médico de más o menos el 40% de los mexicanos si elimina el Seguro Popular; y en seguridad se ha escuchado poco de la estrategia, salvo su promesa de amnistía.

Pero quizás el mayor de sus retos será el cumplir con todos los apoyos sociales que ha comprometido como son los apoyos a jóvenes desempleados, las becas a estudiantes de preparatoria y universidad además de los apoyos para estudiantes mujeres, los apoyos para personas con discapacidad, duplicar las pensiones de los adultos mayores, el programa de alimentación a embarazadas, entre otros que se han propuesto para motivar el deporte, la producción del campo, la productividad del ejido, etc. y todo sin gastar más de lo que ingrese al erario, sin aumentar los impuestos –además de la eliminación del IEPS y la reducción del IVA y el ISR en la frontera-, por supuesto.

El tema del combate a la corrupción, si logra mantenerse (y a su equipo) impoluto, dejará de ser novedad y fuente de popularidad. Como lo será el quebranto de las promesas que ha hecho cuando tenga que elegir entre aquellas que se contraponen. No caerá bien cuando pasados dos años no se someta a la revocación de mandato porque el tiempo no le habrá alcanzado para completar la cuarta transformación.

Por más reconciliación que busque en este momento, su sexenio será campo fértil a la polarización, pues ha pasado décadas construyendo un discurso de enfrentamiento que no sanará en los pocos meses que hay entre la elección y la toma de protesta: la mitad del electorado lo ama con locura y pasión, pero la otra mitad lo desprecia y le teme, eso no puede ser buenas noticias para un presidente con tan alta expectativa de éxito.




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