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POR Jesús Abbud Yepiz

La idea de Calidad de Vida está llena de matices y forma parte del debate político actual y de las conversaciones de sobremesa en cualquier sociedad. Los sociólogos por su parte, buscan medir y evaluar la...

La idea de Calidad de Vida está llena de matices y forma parte del debate político actual y de las conversaciones de sobremesa en cualquier sociedad. Los sociólogos por su parte, buscan medir y evaluar la Calidad de Vida de una persona, familia o colectivo a través de su nivel de ingresos, acceso a los servicios básicos, metros cuadrados de su vivienda, tiempo destinado al esparcimiento y nivel de estudios, entre otros. Este último, el nivel de estudios, es una de las grandes prioridades de los políticos contemporáneos, pero, pareciese que su enfoque es demasiado simplista (o demagogo) y limitado en visión: uno de los objetivos torales en sus plataformas de gobierno es incrementar la estadística de egresados de nivel superior de sus entidades para jactarse de una transformación trascendental en la calidad de vida de la población que de manera real llega a ser muy poco tangible.


       Veamos: el incrementar nuestro nivel académico es, sin dudarlo, un enorme crecimiento personal porque nos permite afinar nuestro criterio y utilizar mejor el raciocinio ante cualquier circunstancia de la vida, pero también es una manera de querer buscar mejorar las condiciones económicas de nuestra familia. Por lo tanto, el que exista acceso ilimitado a las instituciones de nivel superior en nuestro país (entrada sin examen de admisión, por ejemplo) no garantiza, de manera trascendental, la mejora en la calidad de vida de la población si no va acompañada de políticas públicas en materia de retícula educativa y crecimiento económico.


       Al no haber restricción de acceso a la educación superior en instituciones públicas se nos presenta el siguiente panorama: la sociedad contará en los próximos años con más médicos, más licenciados en materia administrativa y contable, más ingenieros, más abogados, más financieros, más economistas, etc.


       La finalidad de esta política pública en materia de acceso a la educación no puede frenarse ahí porque únicamente estaríamos afectando los indicadores académicos de egresados. Estas medidas deben de estar acompañadas de una reforma educativa a nivel superior que estimule y revele el espíritu emprendedor de los estudiantes universitarios a través de asignaturas específicas, para que, una vez concluidos sus estudios, tengan las bases y la convicción de ser ellos ofertantes de empleo. Además, en materia económica, deben existir programas especiales en Ley para que el desarrollo financiero de los emprendedores se vea garantizado y realmente pueda rendir frutos.

        Una sociedad con más profesionistas (incremento en la oferta de trabajo) y con la misma cantidad de fuentes de trabajo (misma demanda de empleo) provoca un desequilibrio cebero en el mercado laboral, esto propicia que el tener una carrera profesional sea un asunto emocional, meramente de orgullo, y no un detonante de la mejora de nuestra calidad de vida. La verdad desde mi ignorancia




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