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POR Luis Esquivel

    A partir de ahora y hasta que se lleve a cabo la elección presidencial el año próximo, en el discurso político estará presente el intento de hacer ver al PRI como el gran perdedor.  ...

    A partir de ahora y hasta que se lleve a cabo la elección presidencial el año próximo, en el discurso político estará presente el intento de hacer ver al PRI como el gran perdedor. 

    Algunos analistas y politólogos coincidirán con el PAN de Ricardo Anaya (y su ahora mejor amiga, la perredista Alejandra Barrales) en decir que el PRI está desfondado y que fueron ellos –solos o en alianza- los que sacaron al PRI de estados como Chihuahua, Durango, Tamaulipas, Quintana Roo y Veracruz; omitiendo por supuesto las derrotas que ellos sufrieron –igual, solo o en alianza-  a manos del PRI en Sinaloa y Oaxaca después de dos gobiernos aliancistas fallidos.

    Por otro lado Morena y su dueño, Andrés Manuel López Obrador, no soltarán el discurso del fraude del que fueron víctimas en el Estado de México y tratarán de capitalizarlo a su favor, acusando al PRI de robarles la elección y haciéndose ver como los grandes ganadores de la contienda al presumir su crecimiento exponencial en el Estado de México como si fuera un reflejo del panorama nacional e ignorando convenientemente el desplome que sufrieron en la elección de ayuntamientos en Veracruz.

    También se escuchará el discurso de los candidatos independientes, ya sea uno o varios (probablemente varios), tratando de emular los discursos de “outsider”  y antisistema que los haga ver como los únicos capaces de hacer las cosas diferentes al PRI –y al resto de los partidos- usando como ejemplo los sucedido en Francia, pero ignorando la candidatura fallida de Bernie Sanders en Estados Unidos.

    La cuestión está en que cada una de estas tres apreciaciones son solo manipulaciones a las que la actual oposición someterá a la ciudadanía con un año de anticipación a la elección, tratando de dar por muerto a un competidor que en realidad está igual de vivo que ellos mismos, e incluso puede colocarse como el rival a vencer.

    La colección de estados ganados y gobernados por el PAN que tanto presume su dirigente Ricardo Anaya, tendrá poco o nada que ver con la elección a presidente. Si bien es cierto que para el 2018 el PAN gobernará en más estados que nunca antes, la realidad es que una elección federal se gana con el voto popular, no con un colegio electoral, y el PRI a pesar de sus importantes derrotas obtuvo el segundo lugar en casi todas ellas, dejándolo con un importante capital de votos en cada uno de esos estados. La lógica de Anaya tiene entonces fallas de origen: no por haber ganado una elección estatal el 100% de los votos se atribuyen al ganador –menos cuando para ganar uso y abuso de una alianza con el PRD-; llegar a la elección con mayor número de gobernados también implicará llegar con el desgaste que significa el gobierno y el desencanto de su electorado a dos años de sus victorias.  Además de que el control de los gobiernos estatales tampoco asegura la elección en cuanto a movilización y recursos se refiere, y es en el PAN donde mejor deberían saberlos pues en 2000 y 2006 obtuvieron el triunfo nacional a pesar de una apabullante mayoría de estados gobernados por el PRI.

    Tampoco es correcto el argumento de López Obrador. Su crecimiento durante 2017, sobre todo en el Estado de México es considerable, sería ocioso negarlo, pero ni el Estado de México define la elección –como no lo hizo en 2005/2006 y 2011/2012-, ni es una muestra de lo que ocurre con el electorado del resto del país. El desempeño de Morena en elecciones en otras latitudes alejadas del centro del país ha sido en su mayoría pobre, incluso en elecciones simultáneas a las del Estado de México donde se posicionó bastante lejos de los punteros, a pesar de haber sido él mismo el candidato (como lo fue en lugar de Delfina Gómez).

    Finalmente el discurso independiente podrá ser efectivo, pero ha logrado poco a nivel local por lo que se antoja difícil que pueda lograr algo mejor en el ámbito nacional, sobre todo enfrentados a maquinarias electorales aceitadas que en la democracia mexicana son exclusivas solo de dos o tres partidos. 

    Supongamos libremente como ejemplo los siguientes escenarios, esto tomando la información de los votos recibidos por cada partido en las elecciones a gobernador (24) desde 2015 a la fecha: 

-    Si no existiera alianza de ningún tipo y cada partido postulara un candidato: el candidato del PRI obtendría 8 millones 300 mil y 9 millones 250 votos*, mientras que el candidato del PAN lograría 7 millones 195 mil, el de MORENA aproximadamente 4 millones 50 mil y el del PRD 3 millones 245 mil. Los partidos medianos (PVEM, PANAL, PT, MC) obtendrían por si mismos un promedio de medio millón de votos cada uno, más un cuarto de millón del partido más joven (PES) y 1 millón 600 mil votos independientes (en gran parte gracias a Nuevo León) que se dinamitaría si hay más de uno en la boleta.
* El rango en el PRI se debe a los votos de quienes además de esa opción cruzaron un partido extra. Para el resto de los partidos esta opción representa no más de 100 mil votos.
-    Si como se prevé, el PRI concreta una alianza con el PVEM y el PANAL su votación subiría a 10 millones 245 mil, o 10 millones 500 mil si también se alía en PES. Si la “izquierda” (MORENA, PRD, PT, MC) logra ir unida sus votos llegarían a los 8 millones 500 mil aproximadamente, contra los 7 millones 200 del PAN y el 1 millón 600 mil de candidatos independientes. En cambio si la alianza entre las izquierdas no se da más que entre MORENA y el PT su votos alcanzarían solo los 4 millones 700 mil. 
-    Otra opción competitiva sería una alianza entre el PAN y el PRD que sumarían 10 millones 880 mil, que alcanzarían a superar al PRI y su alianza.

El ejercicio es libre y sencillo, pero sirve para  demostrar que mal hacen entonces los políticos y analistas en dar por muerto al PRI, cuando la elección de 2018 se decidirá no por las circunstancias o los análisis, sino por la cantidad de votos contantes y sonantes, de los cuales el PRI -a pesar de todo- tiene muchos.




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