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POR Jesús Abbud Yepiz

Último llamado para México para suprimir corrupción

 

Los mexicanos hemos pasado de vivir en la incertidumbre y con una luz de esperanza respecto a las promesas electoreras del Presidente número cuarenta y cinco de los Estados Unidos de América, esperando que fueran simple populismo para ganar adeptos, y que sus más cercanos colaboradores aterrizaran y ubicaran al magnate sobre la viabilidad de sus promesas y le clarificarían las consecuencias económicas que su propio país -al que desea hacer ´grande´ de nuevo- puede sufrir debido a sus decisiones; a una realidad plagada de órdenes ejecutivas para hacer cumplir dicha propaganda.

      Como buenos mexicanos y mexicanas, hombres y mujeres de fe, nos es muy necesario hacer nuestra cualquier otra posibilidad de carácter positivo que nos permita sobrellevar la cruda realidad respecto a las decisiones que en los últimos días se han tomado en la Casa Blanca y cuyas consecuencias afectarán directamente nuestro entorno económico. Muchos – me incluyo- creen fielmente que nuestro país, a pesar de la estrecha relación que existe con Estados Unidos, tiene la capacidad de mantener su economía a flote pese a la posible ruptura comercial entre ambas naciones pero, para lograr superar la posible crisis venidera, uno de los ajustes primordiales no es únicamente consumir producto nacional sino, como prioridad, debemos combatir de manera dura y frontal la corrupción que reina en nuestro país.

        Las políticas públicas del gobierno de Donald Trump en materia comercial y migratoria nos presenta una coyuntura que no podemos dejar pasar; es la oportunidad para México de empezar a reinventarse y ordenar la casa; empezando por el desorden más perjudicial que tenemos: el débil combate a la corrupción que, a su vez, lacera trágicamente nuestra economía, educación, salud, finanzas públicas y, en global, el progreso autosustentable de todo el país; por ello, suprimirla es una obligación cívica y moral pero, sobre todo, es nuestro salvavidas ante tanta volatilidad internacional.

       Nos encontramos en un momento de la historia en el que se nos está forzando, de manera externa y –tristemente- involuntaria, a eliminar de raíz a todos los agentes cancerígenos internos que han frenado nuestro desarrollo y, por consecuencia, han disminuido nuestra calidad de vida. No podemos permitir más economía clientelista, sino abrir paso a la libre competencia con igualdad de reglas para las empresas. Necesitamos exigir un sistema judicial incorrupto que dé certidumbre y confianza a la ciudadanía y, por añadidura, al sector empresarial para invertir en nuestro territorio. No más corrupción en el sector gubernamental: no más licitaciones amañadas que únicamente incuban progreso para unos cuantos, socavando la competencia y el desarrollo económico; no más gastos injustificados y desproporcionados, no más aviadores, no más desvío de fondos, no más cohecho, no más uso abusivo de funciones, no más administraciones deficientes e improvisadas, no más omisiones y no más simulaciones de probidad.

        Del lado ciudadano, una vez coronada esta encomienda anticorrupción, en la que como mecanismo activo para lograrlo estará en marcha en días venideros el Sistema Nacional Anticorrupción y los Sistemas Estatales respectivos, nos tocará tomar la responsabilidad de cumplir a cabalidad con la obligación constitucional de contribuir a los gastos del país, que permitirá robustecer la economía formal y, en consecuencia, podremos fortalecer nuestras finanzas públicas a través de la disminución de la deuda y del déficit presupuestario. Finanzas públicas sanas abonan a una macroeconómia saludable.

         La corrupción es una de las variables más importantes que contribuyen en la desestabilidad económica de un país y es el principal muro que obstruye nuestro desarrollo y progreso como nación. La inevitable crisis que llegará, la cual tiene nombre y apellido, no es más que una oportunidad para encontrar el camino hacia el progreso por medio de la recomposición interna; ante grandes problemas no cabe más que aplicar grandes soluciones. La verdad desde mi ignorancia.




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