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POR Luis Esquivel

Andrés Manuel López Obrador aún no es presidente y está empeñado en que su toma de protesta el próximo primero de diciembre parezca su primer informe presidencial; está ocupado en mantener su bono democrático y en hacer que la luna de miel de la cuarta transformación dure el mayor tiempo posible.

De ese objetivo parte la consulta llevada a cabo la pasada semana sobre el destino del Aeropuerto en la Ciudad de México; seguir capitalizando la polarización del electorado que apenas ha superado la elección de julio, dar la vuelta a la atención sobre las promesas incumplidas de su partido y sobre todo mandar mensajes.

La consulta popular se realizó por capricho del futuro gobernante, de manera poco representativa, con reglas y procedimientos poco claros, con una pregunta con respuestas tendenciosas y sin el apoyo del Instituto Electoral, en clara falta a lo estipulado en la Constitución y las Leyes sobre el tema. Pero con la relevancia que da simular que quien llega es diferente a los que se van, que sí escucha al pueblo con la falacia que repite hasta el cansancio: el pueblo es sabio y no se equivoca.

Y para la vida democrática de México no hay instrumento más bienvenido que las consultas populares, los referendos o plebiscitos, simplemente que la recién realizada carece de legitimidad y está plagada de problemáticas de todo tipo.

El primero de los problemas es el aspecto técnico. La consulta sometió a la decisión del pueblo, el dilema sobre la construcción de la obra de infraestructura más importante de las últimas décadas en el país, algo que por su importancia y complejidad no puede ser solucionado más que por expertos en el tema, quienes en su totalidad se habían decantado por la opción de Texcoco, que además ya contaba con todos los estudios de factibilidad requeridos. Desde los pilotos que dijeron que se daría mejor uso al proyecto actual, hasta los representantes y dueños de las aerolíneas que ponían a consideración las complicaciones logísticas que representaría operar tres aeropuertos y los costos que se verían reflejados en los precios de los pasajes. 

El segundo problema va en el ámbito económico, que va desde la depreciación del peso que ahora se cotiza sobre los 20 pesos por dólar, la incertidumbre de los mercados, los cambios en las calificaciones crediticias al país, el incremento del riesgo-país para la inversión extranjera directa y por supuesto los compromisos presupuestales que significará iniciar un nuevo proyecto al mismo tiempo que se pagan indemnizaciones por la cancelación del otro.  Todo esto es algo que el equipo de transición tiene considerado y que esperan que se resuelva en pocas semanas, pero no se tiene la certeza de que así sea.

Un problema más es el democrático, y no tiene que ver con estar o no a favor de las consultas populares, simplemente que el tema es de una trascendencia que no se valoró. Se sometió a consulta una decisión que debió haber sido tomada por el gobierno, pues para eso se votó por él, no por los ciudadanos quienes podrían votar desde el desconocimiento. En estricto sentido una decisión tomada por él habría sido una decisión del pueblo, pues de él emana su poder y para eso fue electo, y haberlo hecho de esa manera podría asegurar que se tomó un decisión informada. Por otro lado, si el empeño era realizar la consulta (como se han consultado otras decisiones trascendentes alrededor del mundo) podría haberse realizado con el apoyo del Instituto Nacional Electoral, con las reglas establecidas para el ejercicio, con un padrón seguro, un conteo confiable y dando un tiempo razonable para que ambas opciones tuvieran un sponsor que hiciera campaña para que el pueblo (sin importar si usan o no el aeropuerto) pudiera tomar una decisión con toda la información sobre la mesa, aunque es importante aclarar que no todo puede consultársele al pueblo.

Finalmente hay en el ejercicio un problema de congruencia, pues la consulta se ha hecho sobre un proyecto en específico que sería legado del gobierno de Enrique Peña Nieto, mas no se hará lo mismo con proyectos como el Tren Maya -algo que tendrá el sello lopezobradorista-, ni mucho menos en temas que a él no le convienen. La congruencia también se vio mermada en la limpieza del proceso, pues de haberse realizado por otra instancia, los votos múltiples, las fallas en la aplicación de con el padrón y los sospechosos conteos habrían sido suficientes para por lo menos una marcha. 

Pero nada de eso es relevante, pues en el fondo lo importante es el mensaje. Un mensaje al pueblo: ÉL es diferente a los que vinieron antes. Y un mensaje a los empresarios, a los mercados y a sus opositores: ÉL es el que manda ahora.




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