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POR Luis Esquivel

Ya es periodo electoral, y si bien aún no hay candidatos formales.....

Las cartas que juegan los partidos ya están sobre la mesa. Se tratará de una elección muy reñida y sin duda una de las más impredecibles en tiempos recientes, donde la constante será la división del electorado. La división no solo por las simpatías y militancias a los partidos establecidos, sino por las filias y fobias que despiertan en la sociedad los candidatos perfilados, y por los intereses que la sociedad y los diferentes grupos de interés quieren para sí mismos.

Sin encuestas confiables en mano (pues en el mundo millennial la experiencia demuestra que ninguna lo es) y contando solo con mediciones preliminares, con candidatos y alianzas que son producto de la especulación, la división por intereses es la más sencilla por explicar.

El interés se divide entre aquellos que buscan la continuidad y los que prefieren un cambio de rumbo, en otras palabras y en términos prácticos, el oficialismo en contra de la oposición. En este sentido es fácil hacer el cálculo: poco más del 50% del electorado optaría por un cambio, mientras que alrededor del 20% estaría convencido de buscar la continuidad y aproximadamente el 30% restante tendría su opinión aún por definir.

De esa manera una elección parecería fácil de definir, pero ¨el cambio¨ difícilmente es un elemento unificador; al contrario, teniendo un gobierno de centro y un poco recargado hacia la izquierda, el voto opositor se divide a su vez entre quienes quieren llevar al país por un rumbo más conservador con políticas de derecha y quienes prefieren una opción identificada con una izquierda más ¨pura¨. Ahí es donde entran los partidos políticos y donde cobra importancia el resultado de las simpatías partidarias de los electores.

En esta división, el electorado está prácticamente en cuartos, con los porcentajes de cada partido rondando entre el 20% y el 25% según la encuesta que los mida, pero consistentes en dicha división. Un cuarto, quizás el más grande corresponde a quienes aún no definen (y que tal vez no definan) su simpatía por algún partido o candidato o bien que votarían por una opción minoritaria; otro cuarto pertenece a MORENA y su dueño que han venido trabajándolo - y robándoselo al PRD-  por más de 12 años; el tercero corresponde al PRI que se beneficia de su voto duro; y el último sería la suma de los votos del PAN, el PRD y Movimiento Ciudadano conformados en un solo frente electoral.

En términos prácticos con estos números la elección iría a tercios y las campañas previas a ella servirían para afianzar el puñado de votos con el que se ganaría la presidencia. Sería un juego justo o una especie de “piso parejo” donde todos empiezan igual y gana el que mejor trabajo haga y obtenga más votos (con uno basta), aunque cualquiera que fuera la opción ganadora no sería la que alrededor del 75% del electorado votó.

Sin embargo es muy poco probable que la elección se defina de esa manera, pues existe un factor más que tomar en cuenta: las filias y sobre todo las fobias, en especial hacia la figura de Andrés Manuel López Obrador y/o hacia el PRI y lo que sus malos elementos han dejado como la imagen del partido. El voto con el estómago y no con la razón, harán que quien sea que vaya en tercer lugar en el momento clave del periodo electoral se desplome y aporte a que la final sea solo entre dos punteros.

De esta manera, la repulsión a la corrupción que ha sido visible en el PRI y la idea de que AMLO es un peligro para México dejarán al PAN y su frente en la posición bisagra que definirá el futuro del país, pues el más probable de los escenarios es en el que la final se define entre los candidatos de MORENA y el PRI, con el Frente en una tercera posición. En este caso los votantes, por lo menos la mayoría, del PRD y Movimiento Ciudadano seguramente se alinearían con la campaña de López Obrador, pero los votantes del PAN tendrían que decidir entre dar su voto a AMLO con afán se seguir la tónica de la campaña anti PRI de su hasta ahora dirigente, o bien evitar la llegada a Los Pinos a quien ellos mismos han calificado como un peligro y votar por el PRI.

Otros escenarios en los que el PRI o MORENA ocupen el tercer lugar de la contienda, también dejarían en manos del PAN la definición final de la elección. En ambos escenarios será un reto y responsabilidad de los panistas el trabajar exhaustivamente para conquistar los votos de cualquiera de los otros dos partidos, que tienen un voto duro más estable y cuyos votantes son menos propensos a votar de manera ¨útil¨ a pesar de encontrarse en la tercera posición.  Aunado a ello, si es el PRI el que va en tercero, el trabajo por el voto útil será más importante si es que se quiere ganar de manera holgada y evitar un escenario post electoral desastroso como el de 2006; mientras que si el tercer lugar es MORENA, el reto principal del panismo será el mantener los votos de izquierda del Frente que pudieran estar tentados en dar un último impulso a un candidato ideológicamente más afín a ellos.

En cualquiera de los casos el PAN tendrá un papel de suma importancia en la elección que viene, y los votantes panistas son los que mejor tendrán que razonar su voto, pues el rumbo del país podrá definirse con su decisión. 




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