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POR Luis Esquivel

Entrados ya en la carrera de la elección presidencial, cada político – o grupo de políticos- relevantes han escogido sus batallas y a quiénes serán sus némesis para mortificar día y noche para ganar...

Entrados ya en la carrera de la elección presidencial, cada político – o grupo de políticos- relevantes han escogido sus batallas y a quiénes serán sus némesis para mortificar día y noche para ganar votos. La gran coincidencia es el PRI: Morena y su dueño Andrés Manuel López Obrador eligieron como enemigo al ´sistema´ del que todos los demás forman parte, espacialmente el gobierno y el partido del que emana; el PAN de Ricardo Anaya y su compinche el PRD han escogido declararle abiertamente la guerra y culparlo de todos los males que aquejan al país; incluso algunos grupos de oposición interna como el de Ivonne Ortega se han sumado a esta idea yendo en específico contra las cúpulas; asimismo algunos independientes se han decantado por luchar contra los partidos y sus prerrogativas de las que el PRI recibe la mayor cantidad, mientras que otros se han dedicado a criticar todo lo que el gobierno y las bancadas priistas han hecho. Y por lo que puede leerse ahora en las encuestas, la sociedad más o menos coincide con ellos.

Pocos parecen entender bien cuál es el peligro para México, el verdadero rival al vencer el próximo año; algo de lo que el PRI, el propio presidente Peña Nieto y un grupo de panistas sensatos han venido advirtiendo: la tentación populista, presente en diferentes grados en todos los grupos anteriores.

Los populistas, todos, han encontrado en el PRI al enemigo perfecto del pueblo y han invertido recursos y esfuerzos para que eso quede asentado en el subconsciente popular. Solo Trump es peor que el PRI y hasta él terminará siendo el culpable de todo sobre lo cual culpar al PRI resulte inverosímil.

En 2017 el populismo ha dejado de ser sinónimo de AMLO y se ha incrustado en todos los partidos y fuera de ellos. Si bien los discursos donde el mesías promete que su mera elección arreglará al país, sigue siendo el mayor exponente. Igual o peor de populista es Ricardo Anaya que se ha convertido en un dictador al interior del PAN y que con ese poder chantajea a las instituciones. Pero también Ortega y los independientes tienen algo de eso presentándose ante la sociedad como los justicieros del pueblo. Pero el peligro va más allá de la elección, porque con cualquier populista que llegue al poder invariablemente se incrementarán el gasto público, los subsidios, las dádivas y el aparato estatal que reflejarán su costo en mayores impuestos, más deuda y menor calidad de los servicios del gobierno que a la larga será un desaliento para los inversionistas, cosa que pone en riesgo la estabilidad macroeconómica del país.

 Ese es, entonces, el gran problema del futuro cercano: un pueblo enamorado de su populista favorito, pues obnubilados le perdonarán todo.




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