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POR Luis Esquivel

Hay una tendencia –que es casi una obsesión- en México y el mundo, de tomar las encuestas electorales como un pronóstico del clima: seguro y certero.

 Nos gusta la certeza y como las encuestas nos la dan –más o menos-, tendemos a creer ciegamente en ellas; y así como revisamos el pronóstico del clima para saber si llevar o no un paraguas o si vestirnos o no ligeros, revisamos las encuestas para tener seguridad de quién será el próximo presidente del país, nuestro futuro gobernador o el que seguramente nos representará en el congreso.

La necesidad de certeza sobre el futuro es entendible y las encuestas electorales nos satisfacen, sin embargo, hay dos factores fundamentales que se tienen que tomar en cuenta cuando las revisamos (¡y sobre todo si planeamos definir el voto en función de ellas!):

Primero, al contrario de un pronóstico del clima que proviene de una ciencia exacta, el pronóstico electoral tiene origen en la sociedad. Dicho en otras palabras: el “clima” no se equivoca porque la naturaleza no miente y no cambia de parecer, los humanos en cambio…

Segundo, la predicción del clima tiene su base y fundamento en cientos de años de observación y recolección de datos, mientras que la metodología de las encuestas electorales es – a lo menos- dudosa.

Expliquémonos.

Sobre lo primero hay poco más que decir, y aunque es de vital importancia es tan sencillo como que independientemente de lo que hayamos dicho por pasión, por miedo o en broma en una llamada telefónica, en la soledad de la casilla cada quien vota por quien quiere y este acto puede coincidir o no con la respuesta previa. Así de fácil.

Pero, por otro lado, por el de la metodología, si hay cosas que requieren una explicación. Resulta obvio especificar que ninguna empresa realizará sus ejercicios tomando en cuenta a la totalidad de los votantes que están registrados en todo el país, y que al contrario usan muestras. El problema empieza en que las muestras son tan pequeñas en comparación al número de votantes que cualquier tendencia no puede tomarse en serio desde un inicio. En el caso de México, por ejemplo, las encuestas hasta hoy publicadas reflejan las respuestas (quizás falsas) de un grupo que va entre los 500 y los 2500 electores (contando los indecisos y los que no votarán), de un universo votante de ¡más de 90 millones! Es decir, no son tomados en cuenta más o menos de 89 millones 997 mil 500 votantes.

A esto hay que aunarle la distribución de dicha muestra, pues las encuestas se hacen a nivel nacional y las opiniones varían colectivamente según la región. Las empresas tienen dos opciones para distribuir su muestra, las dos igual de deficientes: La primera que es hacerlo equitativamente y la segunda que lo haría proporcionalmente de acuerdo al padrón electoral vigente. Ambas son problemáticas pues la diferencia de poblaciones puede ser tan grande entre estados que si se hace equitativamente la tendencia en estados menos poblados contrarrestaría la tendencia de los estados con mayor padrón (no tiene comparación el peso de la votación en Colima contra la del Estado de México), mientras que hacerlo de manera proporcional podría significar incluso la no participación de las poblaciones de los estados más pequeños y esto deja fuera del pronóstico a millones de votantes que no serán representados ni siquiera por el sentir general de su región (estados como Nayarit o las Bajas podrían no participar a consta de más llamadas hechas en Veracruz o la Ciudad de México).

Asimismo, y en segundo término, independientemente del tipo de distribución que se haga de una muestra, difícilmente llegará a nivel municipal y esto hace que generalmente las llamadas se hagan en los municipios con mayor densidad, dejando fuera a municipios que pueden ser considerados relevantes en el nivel local.

 

Y eso, precisamente es lo interesante, pues es el negocio. La diminuta muestra es tan manipulable que puede modificarse de acuerdo a los intereses del mejor postor. En México, una encuesta pagada por MORENA, por ejemplo, hará el grueso de sus llamadas en la Ciudad de México donde su candidato conecta mejor, mientras que si es pagada por el PAN su concentración será quizás en Guanajuato y si se trata del PRI lo harán en el Estado de México, seleccionando por supuesto los municipios más proclives a votar por su candidato. Con este potencial de manipulación, el cuidado debido y una pregunta los suficientemente tendenciosa una encuestadora podría hacer que su cliente reciba incluso el 100% de la votación, o el 90% porque hay que guardar las apariencias.

Entre esos dos factores radicaron las equivocaciones de las encuestas en Estados Unidos, donde por un lado se encuestó a la gente de las grandes ciudades que votaría por Hillary Clinton dejando de lado a los Trumpistas de las zonas rurales y por otro muchos que dijeron votarían por Hillary (por el “qué dirán”) terminaron votando por Trump. Pero no ha sido el único ejemplo, paso lo mismo en Reino Unido, y en España, y en Holanda, y en Francia, y en Costa Rica, y en Colombia, y en Chile, y en Paraguay y en un largo etcétera con equivocaciones que rondan los 10 puntos porcentuales.

 

Entonces, ¿por qué las hacemos?

Porque la obsesión con la certidumbre es tal que conocer un posible resultado de manera previa, como conocer el clima que hará durante el día, ayuda a tomar decisiones; y así como elegir llevar o no un paraguas, los partidos pretenderán influir en la decisión de la gente, unos con el “ya ganamos” y otros llamando al voto útil.  Todos dirán que las encuestas (propias) son verdaderas y serias, pero esa apreciación dista de la realidad. La realidad es la que se demuestra única y exclusivamente en las urnas.




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