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POR Luis Esquivel

Una Historia de la Vida Real

A esta altura del año (por ridículo que parezca decir esa frase) no hay persona en México que no haya escuchado u opinado sobre el mal llamado #gasolinazo que entró en vigor con el primer minuto del 2017; aquellos que se llaman a sí mismos progresistas pero que en realidad son populistas, opinionistas de la radio y la televisión que de pronto son expertos en política económica y energética, políticos oportunistas que se muerden la lengua con tal de congraciarse con la sociedad en busca de votos y la oposición hipócrita que votó a favor la reforma energética y ahora la condena, todos se han quejado -unos en las calles pero la mayoría en las redes sociales- contribuyendo a una desinformación generalizada que mantiene carreteras bloqueadas, provoca desabastos de alimentos y medicinas y fomenta el vandalismo.

       Ante ese escenario resulta no solo apropiado, sino fundamental contar la verdadera historia de lo que pasa y pasará con nuestras gasolinas. Aunque lo pareciera, el mercado de los combustibles en México no era un mercado libre sino hasta ahora, es decir, antes de la reforma energética los precios eran artificiales, subsidiados y fijados por una entidad paraestatal y el producto era ofertado a los consumidores por medio de un monopolio. Nada sano para la economía, hay que decirlo. 

       Los precios de la gasolina que llegaba a los consumidores –y que nunca estuvieron exentos de crítica y protesta- eran artificialmente bajos y no reflejaban los costos de producción/importación como el resto de los productos en el mercado, se mantenía así porque el gobierno pagaba por prácticamente la mitad de la gasolina utilizada en todo el país. Sobra decir que dicho subsidio no beneficia a los más pobres (que en general usan transporte público) sino a la población más acomodada, eso sí, con el dinero de los impuestos de todos. 

      Asimismo, el precio no respondía a la oferta, la demanda y la competencia, por lo cual el consumidor se veía obligado a pagar cualquiera que fuera el precio sin tener otra opción, otra vez perjudicando a los más pobres. Con la reforma energética se terminan ambos: el subsidio y el monopolio.  A partir de ahora la gasolina se vendará en lo que cuesta producirla o importarla (impuestos incluidos) y distribuirla, como es justo. Así, lo recaudado por el gobierno mediante otros impuestos ajenos a los combustibles no será utilizado para financiar la gasolina que usan los particulares. Es decir, pagará la gasolina quien la use y no todo el pueblo, quien use más pagará más, como es lógico, y el gobierno podrá empezar a recaudar impuestos a partir de ella en lugar de gastar impuestos en ella.

     A partir de ahora nos olvidaremos de los gasolinazos impuestos unilateralmente pues los precios se regularán con el mercado.  Existe por supuesto la posibilidad de que el precio siga subiendo, por ejemplo si los países de la OPEP reducen su producción de crudo y obligan un mayor precio como tienen planeado o si el petróleo empieza a escasear por ser un bien finito como marca la tendencia, los costos para cualquier empresa productora y distribuidora de gasolina subirán por lo que el precio al consumidor se verá impactado, sin que sea culpa del gobierno.

Pero existirá también la posibilidad de que los precios bajen como cualquier otro producto en el mercado, y dependerá por la parte externa de la estabilización de los precios del petróleo mundial y la estabilización del tipo de cambio entre el dólar y el peso, y en lo local de la participación eficiente de privados en el mercado de combustibles para obligar la baja de precios mediante la competencia, de que se generen reservas, así como de la optimización de costos de producción y logística –que equivalen al 64% del precio total- entre lo que se considera la construcción de refinerías y oleoductos, así como un combate más duro al robo de combustibles.

        En este sentido es importante también resistir la tentación de comparar los precios de manera llana y directa. La gasolina será más barata en Estados Unidos, pero eso responde al abasto suficiente que tiene dicho país (a mayor oferta, menor precio); en los Países Bajos también, pero se trata de un país en donde la demanda por gasolina es baja (a menor demanda, menor precio). Ninguno de esos dos escenarios es una realidad en México. 

      Para finalizar, una idea de qué hacer con respecto al ajuste de precios: en primera instancia buscar alternativas al uso del automóvil -algo que es benéfico para todos- y en segunda exigir al gobierno, no la derogación de la liberación del mercado, sino la transparencia en el manejo de los recursos obtenidos de los impuestos sobre los combustibles que son el 36% del nuevo precio, exigir que ese ingreso sea utilizado en hacer a las ciudades del país más amigables con el peatón y con el ciclista, que se invierta decididamente en proyectos de transporte público semi-masivo sustentable, que se refine el petróleo en el país para disminuir la importación de combustibles, que se promueva la inversión en energías alternativas (biodiesel, por ejemplo), solo por mencionar algunas.  

 

 




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