probusiness

POR Luis Esquivel

Estamos –como se diría mundanamente- haciéndole el caldo gordo y manteniendo en el reflector la misma propuesta que queremos que desaparezca.

Hace cuatro años, cuando Barack Obama debatía con Mitt Romney para llegar por segunda vez a la presidencia de Estados Unidos, los políticos, politólogos, columnistas y demás interesados mexicanos nos quejábamos amargamente de la falta de México en la agenda del vecino del norte, demandábamos a los candidatos de ambos partidos atención a la muy necesaria reforma migratoria, denunciábamos el abuso y el engaño al voto latino y urgíamos a las autoridades mexicanas a levantar la voz  para poner a nuestro país en el centro de la política exterior norteamericana, aunque finalmente sea muy de ellos: Si ellos están en el centro del debate de nuestra política exterior, debieran ser por lo menos recíprocos. 

      Las mismas quejas y cantaletas se escucharon hace ocho años, en los debates Obama – McCain; y hace 12 cuando los debatientes eran George Bush y John Kerry; y hace 16… y 20… y 24 años… etc., etc. Lo mismo se decía siendo los demócratas o los republicanos los que ocuparan la Casa Blanca. 

      Mientras, la cancillería solo declaraba prudentemente que la relación bilateral era solida y seguía por buen camino. Y es que ser un “tema relevante” en el debate publico sobre la política exterior americana no necesariamente son buenas noticias, basta con preguntarle a Iraq o a Afganistán, a Libia, a Siria. Hoy, lo sabemos y lo aprendimos a la mala.

       Tanta fue la insistencia y el deseo de protagonismo de tantos años que ahora, en la elección 2016 muy al estilo de your wish is my command, México no solo es un tema relevante en los debates de política exterior, sino que se nos ha colocado de manera infame al centro de la elección como un problema de política doméstica y hasta de seguridad nacional. En voz de un magnate engreído y bocafloja se nos ha tachado de ladrones, violadores y asesinos, y la idea de construir un muro en la frontera para evitar la migración se ha convertido en una bandera de su campaña. 

      Sin duda el hecho del discurso xenófobo del hasta ahora aspirante a candidato es preocupante, pero es preocupante porque el estereotipo con el que se maneja el señor Trump puede quedar grabado en más de uno de sus simpatizantes, no porque pueda hacerse realidad. 

       La reacción del lado mexicano ha sido desmedida para la etapa en la que se encuentran las campañas en Estados Unidos. Las declaraciones de Vicente Fox y de Felipe Calderón, los videos de Jorge Castañeda, los textos de destacados columnistas y periodistas, las declaraciones de actores y cantantes que se han ganado a pulso fama del otro lado, los arranques de Jorge Ramos, etc., lo único que han logrado es que el tema se mantenga en los medios y que Trump pueda seguir explotándolo para su campaña.

          “Yo no voy a pagar por ese p**** muro” dijo Vicente Fox, “El muro se acaba de volver 10 pies más alto” contestó Trump; “México no va a poner ni un centavo” dijo Calderón, “Vamos a retener las remesas” propuso Trump. Y así lo ha hecho con cada uno que se le ha enfrentado.

            Estamos –como se diría mundanamente- haciéndole el caldo gordo y  manteniendo en el reflector la misma propuesta que queremos que desaparezca. Estamos, sin querer queriendo, ayudándole a polarizar el voto, algo que a él de conviene. En nuestra obsesión anti-Trump estamos pasando por alto que en la postura migrante Ted Cruz (la alternativa) es igual o más radical, y que en caso de que Cruz ganara sí tendría el apoyo del establishment republicano lo que haría más complicada la elección para los demócratas. Atemorizados por la poco probable construcción de ese muro, no nos damos cuenta que en todo caso sería para mantener a los “paisanos” dentro de Estados Unidos, pues últimamente la balanza migratoria ha sido negativa, es decir,  son más los mexicanos que vuelven que los que se van.

          Nos guste o no, si queremos que el muro jamás vea la luz del día, paradójicamente quien más nos conviene que gane la nominación republicana es precisamente Donald Trump. ¿Por qué? Porque su candidatura desmoronaría el “voto duro” republicano que apoyaría al candidato demócrata con el afán de no dejar el control del partido en manos de a quien ellos mismos llaman payaso; porque el discurso de odio volcará el voto de grandes nichos demográficos a favor de Hillary Clinton o Bernie Sanders, sin distingos. Donald Trump hecho candidato se traduce en una elección en la bolsa para los demócratas, y no solo para mantener la presidencia, sino para recuperar el control del Senado y la Cámara de Representantes, así lo muestran las encuestas disponibles.

          Corresponde a sus oponentes capitalizar ese discurso a su favor. Y para México la mejor estrategia es en lo público tirarlo a loco (a menos de que se esté en medio de una campaña presidencial propia, como Jorge Castañeda) por más fascista que sea, en las declaraciones oficiales ser moderado y enaltecer el valor de los mexicanos y en lo institucional reforzar la embajada y la red consular, como ya lo ha hecho la cancillería esta semana, por los efectos colaterales que el discurso pudiera tener.

         Fuera de eso no hay mucho que hacer. Tienen que ser lo mismos estadounidenses los que le digan a ese desagradable y megalómano individuo: You’re FIRED!

 




NOTAS RELACIONADAS