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POR Luis Esquivel

No hace falta ser un genio o un gran conocedor del mundo deportivo para saber que la participación de México en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro será meramente testimonial. Un día sí y el otro...

No hace falta ser un genio o un gran conocedor del mundo deportivo para saber que la participación de México en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro será meramente testimonial. Un día sí y el otro también nos topamos con los titulares de que otro atleta mexicano queda fuera del pódium, seguimos acumulando 4tos y 5tos lugares mientras que Michael Phelps -él solito- junta ya más medallas de oro (ocho más para ser exactos) que las que nuestro país ha conseguido desde su primera participación en los juegos de París 1900. Cada día se ven más lejos las siete medallas de Londres, lejísimos se ve el record de los tres oros, tres platas y tres bronces de México ’68.

      Pero, ¿qué ha cambiado, que en tan solo cuatro años pasamos de celebrar siete medallas a perder la esperanza de conseguir siquiera una?  La política deportiva no, eso es un hecho. El deporte de alto rendimiento sigue sin ser una prioridad para la política pública del gobierno mexicano, el dinero sigue sin llegar a su destino final y la participación en Río de cada uno de los 125 atletas que conforman la delegación no deja de ser una historia de éxito y superación personal.

       Se le sigue apostando al futbol, que, a pesar de sus magros resultados, obtiene el mayor presupuesto, los mejores patrocinadores y los más bonitos uniformes. Mientras tanto, se descuidan los clavados, el boxeo y  el atletismo que -entre los tres- han aportado casi el 60% de las medallas mexicanas, o el taekwondo que ha dado glorias al deporte nacional en cada olimpiada desde Sidney 2000. 

       Tampoco ha cambiado la cultura mexicana y las redes sociales son testigo de ello. Mientras que el país se paraliza con cada partido del paradójico Tri (ese que toda la  vida “juega como nunca y pierde como siempre”) y el clásico América-Chivas no deja de ser de los eventos más vistos en televisión, para los olimpistas no hay más que exigencias y críticas. Para el mexicano la asistencia de un atleta a las olimpiadas debe significar una medalla, si no “ni para qué van”. Para el mexicano pesa más la figura y talla de una excelente gimnasta que el mérito de haber participado en una justa a la que pocos tienen el talento para asistir. 

       No cambiaron los atletas; ni su talento, ni su actitud. Sin duda todos admirables, pero también malos perdedores, pues ante la falta de medallas faltan los “me voy a preparar más” y sobran los “no tuve suficiente apoyo”. Es incuestionable –como se ha ya mencionado- la falta de interés en el deporte profesional, pero repartir culpas ni justifica la falta de triunfos ni aporta para mejorar los marcadores en futuras competencias.

       Menos cambiaron los intereses, ni los políticos y ni los monetarios. La CONADE sigue enfrentada con el Comité Olímpico Mexicano y con las diferentes federaciones que dejan al gobierno totalmente fuera de la toma de decisiones. Además, como se decía, el dinero no fluye hasta su destino final que deben ser los atletas, algo que no necesariamente significa que no salga de la CONADE, sino que se atora y se pierde en las federaciones que sin ese millonario subsidio no sobrevivirían. Y a pesar de ello de la manera más opaca de niegan a decir qué hacen con él, pues los programas y los apoyos que de ellas dependen brillen por su ausencia.

       Lo que sí cambio fue el titular de la CONADE, Alfredo Castillo quien por primera vez en muchos años llega a ser titular sin haber pasado antes por las pistas, las canchas o los gimnasios. Un hombre curtido en labores de seguridad, y al parecer desprovisto de empatía, que hace de la institución deportiva una especie de agencia investigadora y convierte en su principal misión saber qué es lo que sucede con el dinero público al interior de las federaciones, descuidando a su mayor activo: los atletas. ¿Errado? Sí, en sus groseras formas, sus desatinadas declaraciones, sus innecesarias peleas mediáticas y sobre todo su mal timing ¡Justo antes de las Olimpiadas!; pero no en el objetivo, pues los millones de pesos erogados al deporte debieran ya haber rendido frutos, aunque fueran pocos. 

        Castillo sin duda se irá del gobierno en cuanto acabe la justa internacional. Razones sobran: la cancelación del mundial de natación, las burdas peleas con el COM, los malos tratos a los atletas y un largo etcétera. Pero no debiera ser el único, deberían irse también los presidentes de las federaciones, pues son tan responsables del fracaso como el Estado mismo. 

        Para tener al deporte como una verdadera política de estado hace falta comenzar por transparentar y medir a las federaciones con base en sus resultados, apoyarlas (que no subsidiarlas) en función de ello y empujarlas hacia la autosuficiencia; hace falta, claro, recuperar para la CONADE la rectoría del deporte y sobre todo delimitar claramente las funciones entre esta y el COM.

        Ahora, faltando aun algunos días para el final de los juegos, se debiera dar vuelta a la página y aceptar el ridículo. Dejar de pensar desde ahora en qué cambió de Londres a Rio y empezar a plantear lo que debe cambiar de Rio a Tokio; de lo contrario, estaremos teniendo esta misma discusión dentro de cuatro años.




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