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POR Luis Esquivel

En el imaginario popular y la opinión pública mexicana, la imagen de un presidente invariablemente irá de más a menos; los primeros meses –años, si tiene suerte- será el político más aclamado, más...

En el imaginario popular y la opinión pública mexicana, la imagen de un presidente invariablemente irá de más a menos; los primeros meses –años, si tiene suerte- será el político más aclamado, más hábil, más práctico… ¡un estadista! En cambio, en el ocaso será el enemigo público número uno, culpable de prácticamente todo lo que suceda –o no suceda- en el país y blanco de protestas por cualquier decisión tomada, aunque probablemente sea la correcta.

      Salinas, fue un estadista cuando logró reducir la deuda y cuando finalizó la populista reforma agraria, pero la decisión de firmar el TLCAN lo convirtió en un traidor de la patria. A Zedillo se le recriminó y nunca se le perdonó haber ´vendido´ el petróleo de los mexicanos, aunque eso haya significado salvar la economía nacional del efecto tequila. Fox terminó siendo un hazmerreír por sus declaraciones, aunque estas sirvieran para impulsar una reforma migratoria a la que nadie había aspirado antes. Y a Felipe Calderón las secuelas de decisiones necesarias como la guerra contra el narco y la desaparición de Luz y Fuerza del Centro, le valieron el castigo del electorado.

      Lo mismo sucede ahora con Enrique Peña Nieto. El fenómeno de impopularidad no es inédito como dicen algunos, y así como el Pacto por México le valió ser el autor del milagro mexicano, ahora después del ´gasolinazo´ se convirtió en el peor presidente que ha tenido el país. Difícil trance para quien gobierna el país, terminar siendo culpable de prácticamente todo: de las sequías si no llueve, de las inundaciones si llueve de más –entre otras ridiculeces-, de ser tiranos si se defienden de los ataques, o idiotas si no lo hacen; de afectar a la población en el corto plazo tomando decisiones importantes aunque impopulares (a eso en México le llamamos corrupción, al parecer) o de comprometer el futuro del país si no las toman (también visto como corrupción por la mayoría).

       Pero la historia juzga y hasta ahora, a pesar de las protestas, esas decisiones difíciles han resultado ser las correctas. Pero si para los mexicanos, haga lo que haga el presidente, está mal, ¿en verdad sorprende que nos pregunten “¿Ustedes, qué hubieran hecho?” como lo hizo el Presidente.




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