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POR Jesús Abbud Yepiz

El 2018 vivirá el proceso electoral más grande en la historia democrática de nuestro país;

Según el Instituto Nacional Electoral, más de tres mil cuatrocientos cargos de elección popular serán renovados, lo que equivale al ochenta por ciento de la composición política de México.

 Este año se vuelve tan importante porque decidiremos de manera libre, a través de nuestro voto, quien o quienes queremos que tomen las decisiones importantes en temas que repercutirán directamente en nuestra calidad de vida: impuestos, seguridad, economía, servicios y espacios públicos, reducción de la contaminación, educación, salud y un largo etcétera. Pero ¿cómo le hacemos si, por lo general, las promesas de campaña difícilmente se vuelven realidad? ¿La calidad de partidos políticos que tenemos en México es tan baja debido a la mediocridad de los votantes? ¿O más bien es un asunto de honor y de principios?

Para reflexionar, les presento la siguiente historia escrita por el autor Armando Fuentes Aguirre en su libro ¨La Otra Historia de México¨:

En el año de 1892 murió don Carlos Fuero. Una calle en la ciudad de Saltillo, Coahuila y otra en Parral, Chihuahua, llevan su nombre. Más merece por el hecho que ahora voy a narrar.

 A la caída de Querétaro quedó prisionero de los Juaristas el General don Severo del Castillo, Jefe del Estado Mayor de Maximiliano. Fue condenado a muerte, y su custodia se encomendó al Coronel Carlos Fuero. A dos días de la ejecución dormía el Coronel cuando su asistente lo despertó. El General Del Castillo, le dijo, deseaba hablar con él. Se vistió de prisa Fuero y acudió de inmediato a la celda del condenado a muerte. No olvidaba que don Severo había sido amigo de su padre.

Carlos - le dijo el General - perdona que te haya hecho despertar. Como tú sabes me quedan unas cuantas horas de vida, y necesito que me hagas un favor. Quiero confesarme y hacer mi testamento. Por favor manda llamar al padre Montes y al licenciado José María Vázquez. Mi General - respondió Fuero - no creo que sea necesario que vengan esos señores.

 ¿Cómo? -se irritó el General Del Castillo- Deseo arreglar las cosas de mi alma y de mi familia, ¿y me dices que no es necesario que vengan el sacerdote y el notario?

En efecto, mi General -repitió el Coronel republicano- no hay necesidad de mandarlos llamar. Usted irá personalmente a arreglar sus asuntos y yo me quedaré en su lugar hasta que usted regrese.

Don Severo se quedó estupefacto. La muestra de confianza que le daba el joven Coronel era extraordinaria.

Pero, Carlos — le respondió emocionado— ¿Qué garantía tienes de que regresaré para enfrentarme al pelotón de fusilamiento? Su palabra de honor, mi General —contestó Fuero—.

Ya la tienes —dijo don Severo abrazando al joven Coronel—. Salieron los dos y dijo Fuero al encargado de la guardia. El señor General Del Castillo va a su casa a arreglar unos asuntos. Yo quedaré en su lugar como prisionero. Cuando él regrese me manda usted despertar.

A la mañana siguiente, cuando llegó al cuartel el superior de Fuero, General Sostenes Rocha, el encargado de la guardia le informó lo sucedido. Corriendo fue Rocha a la celda en donde estaba Fuero y lo encontró durmiendo tranquilamente. Lo despertó moviéndolo.

 ¿Qué hiciste Carlos?, ¿por qué dejaste ir al General?

Ya volverá —le contestó Fuero—. Si no, entonces me fusilas a mí y asunto arreglado. En ese preciso momento se escucharon pasos en la acera.

 

¿Quién vive? — gritó el centinela. - ¡México! — Respondió la vibrante voz del General Del Castillo—. Y un prisionero de guerra. Cumpliendo su palabra de honor volvía Don Severo para ser fusilado.

El final de esta historia es muy feliz. El General Del Castillo no fue pasado por las armas. Rocha le contó a don Mariano Escobedo lo que había pasado, y éste a don Benito Juárez. El Benemérito, conmovido por la magnanimidad de los dos militares, indultó al General y ordenó la suspensión de cualquier procedimiento contra Fuero. Ambos eran hijos del Colegio Militar; ambos hicieron honor a la Gloriosa Institución.”

Esta historia romántica plasma en breves líneas el valor de la palabra. Un coronel que puso en riesgo su propia vida por confiar en la palabra de otro hombre, aquel que había sido amigo de su padre. En la actualidad ¿a cuántas personas pudiésemos darles la confianza que Carlos Fuero le dio al General Del Castillo? A muy pocas. ¿A cuántos políticos les obsequiaríamos esta confianza? A ninguno, creo yo.

 La palabra de honor debería ser un propósito de todos los mexicanos (ciudadanos y políticos). Además de permitirnos vivir el placer de ser una persona que posee honor, nos ahorraríamos mucho dinero en abogados para los diversos conflictos que surgen por la falta de palabra y compromiso: negocios, divorcios y asuntos laborales, entre otros.

En lo electoral, no habrá garantía alguna que nos permita asegurar que las palabras vertidas en campaña por parte de los aspirantes a un puesto de servicio público se vayan a realizar una vez que cada uno de ellos ocupe el cargo respectivo. Sin embargo, a manera de mitigar riesgos, lo que podemos hacer es ser muy críticos a la hora de tomar nuestra decisión de voto, asegurándonos de que las propuestas dichas sean realizables, exigiendo que se nos explique cómo van a cumplir lo prometido (como se va a pagar, quien lo va a pagar, como se va administrar, que Leyes se van a cambiar, entre muchas otras cosas). La palabra de honor no ha sido nunca el fuerte de la clase política en nuestro país.

La verdad desde mi ignorancia.




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