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POR Luis Esquivel

Las elecciones estatales de 2017 serán las últimas elecciones en las que el Presidente Peña tenga la última palabra sobre la selección de los candidatos a las gubernaturas. En cantidad no se comparan...

Las elecciones estatales de 2017 serán las últimas elecciones en las que el Presidente Peña tenga la última palabra sobre la selección de los candidatos a las gubernaturas. En cantidad no se comparan con las de 2015 o 2016 donde se renovaron 22 de las 32 gubernaturas del país;  pero en importancia, las de 2017 son sin duda las más trascendentes antes de tener que pronunciarse en soledad por el candidato o candidata que intente sucederlo, y esto pasa directamente -más que por las renovaciones estatales en Coahuila y Nayarit- por la elección en el Estado de México, que además de ser el más grande semillero de votos en el país es la casa del presidente mismo.

       Además de eso, la coyuntura en la que se encuentra el país es abismalmente diferente a hace dos años y al año pasado. En 2015 aún con los bonos del Pacto por México, el Presidente podía darse el lujo de ser pragmático en su selección, escoger al candidato mejor posicionado en las encuestas aunque no asegurara lealtad incondicional o elegir a quien podría darle un beneficio en forma de apoyos en el Congreso para pasar importantes reformas, apostándole a la inercia que su imagen aún provocaba. En 2016, tuvo la ventaja –o desventaja según quien lo vea- de compartir la responsabilidad de la selección de candidatos con el entonces Presidente del PRI Manlio Fabio Beltrones, en donde se benefició la unidad del partido en torno a figuras que no representaran al “delfín” del gobernador saliente ni al “candidato bronco”, apostando a la unidad, a un ligero deslinde de los gobernadores salientes y al ejemplo de disciplina partidaria, cosa que no tuvo los resultados esperados.

       Ahora, al ocaso, ninguna de las dos fórmulas anteriores será la más útil, pues la apuesta es por mucho más que un puñado de gobiernos estatales; en 2017 se juega no solo la permanencia del PRI en los gobiernos estatales, sino que estará en la boleta un ensayo de lo que podría ser la elección de 2018, pero aún más importante se juega su legado como presidente y en el caso del Estado de México su estilo de vida post-presidencial.

       Es por eso que la selección de los tres candidatos –y en especial el mexiquense- se hará, sí por unidad, pero también tomando en cuenta el sentimiento y –sobre todo- el poder local buscando no perder esas posiciones que debilitarían más a su partido ante el reto del año próximo.

        La más clara elección hasta ahora es la de Alfredo del Mazo Maza en el Estado de México, una candidatura que estuvo por mucho tiempo en el hilo ante una posible alianza opositora PAN-PRD, que de haberse dado podría haber arrebatado -por segunda ocasión- al diputado con licencia su sueño de ser gobernador. En parte un pago por su disciplina ante la selección de Eruviel Ávila hace seis años, la candidatura de Del Mazo responde también a la cercanía con el grupo del presidente que le brindará todo su apoyo y estructura territorial, a que se convenció al gobernador de que podría ser un candidato más competitivo que Ana Lilia Herrera a pesar de contar con números similares en las encuestas y por supuesto a que tiene una trayectoria más amplia en el PRI y en el gobierno mexiquense.

      De cualquier manera la candidatura que fue anunciada hasta después del fracaso de la alianza opositora, cierra la pinza con la muy posible candidatura de Josefina Vásquez Mota por el PAN y con el PRD con un candidato propio que le restarán votos femeninos y de izquierda a Delfina Gómez de MORENA que por lo que significa para la candidatura de Andrés Manuel López Obrador, sería la rival a vencer –por lo menos simbólicamente-.

        En Coahuila al PRI le abonan tres factores fundamentales, en primera instancia el fracaso de la alianza PAN – PRD que fue una misión abortada junto con la alianza en el Estado de México, en segundo lugar la fractura interna del PAN que es el principal opositor y donde algunos candidatos no suscribieron de buena gana la decisión de que Guillermo Anaya los abanderara y en tercer sitio la “diversidad política” del Estado que dinamita el voto indeciso entre más de 15 partidos nacionales y locales. Tomando en cuenta lo anterior, la apuesta del PRI se decanta por el alcalde con licencia de Torreón Miguel Ángel Riquelme, cuyos resultados son defendibles y la cercanía con los Moreira evita un enfrentamiento innecesario en el que el PRI saldría perdiendo ante quienes mueven las estructuras en el Estado.

        La selección más “difícil”  por lo irreconciliable de los dos punteros que amenazan la unidad, pero al mismo tiempo la más fácil por la poca competitividad de la oposición fue la de Nayarit. Al final se apostó por el senador con licencia y predecesor del hoy gobernador –de quien es cercano- en la alcaldía de Tepic, Manuel Cota, por encima de los intereses de Raúl Mejía quien se separó del partido para aceptar una candidatura por Movimiento Ciudadano que será igual de testimonial que las del PAN, PRD y MORENA.

         Por último, hay que mencionarlo, en esta ocasión el Presidente y su partido no solo apostarán por la aceptación de los candidatos entre la sociedad sino que apoyarán el proceso electoral con iniciativas y políticas públicas que puedan poner al electorado a favor del PRI. La primera de ellas es la propuesta para reducir el financiamiento de los partidos políticos, algo que los demás partidos no aceptarán pues significaría limitar los recursos que llegan a las campañas opositoras en un escenario donde el PRI arranca al frente de las encuestas pero que los hará quedar mal ante el elector; la segunda es la iniciativa de reducir el Congreso de la Unión en 100 diputados y 32 senadores, algo que se antoja difícil que los partidos de oposición acepten, poniéndolos en contra de uno de los reclamos más sentidos del pueblo mexicano; y la tercera versa en aprovechar el momentum que vive el Presidente en su enfrentamiento contra Donald Trump, al que aunarán la decisión de no incrementar más el precio de las gasolinas y las aún no jugadas cartas de aprehender a Javier y/o Cesar Duarte en el momento indicado.

         La de 2017 para el PRI, pero sobre todo para el Presidente, es la elección del honor y van en un ánimo de dar todo por la causa. Los resultados del próximo junio influirán en el ánimo del partido gobernante y en el PRI aún no están resignados a perder en el 2018.

 




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