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POR Jesús Abbud Yepiz

Chihuahua ha experimentado en los últimos meses un alza importante en el número de homicidios dolosos; el de mayor resonancia, sin ser más angustiante que los otros, es el de la joven Andrea Athié Corral...

Chihuahua ha experimentado en los últimos meses un alza importante en el número de homicidios dolosos; el de mayor resonancia, sin ser más angustiante que los otros, es el de la joven Andrea Athié Corral, victimada por seres humanos –si se les puede llamar así- sanguinarios, faltos de amor durante su crianza y que desconocen por completo el significado de la palabra respeto; hombres sin valores ni principios, trastornados y completamente acomplejados. 

Atrás de ellos, además de sus padres biológicos y/o personas con las que se criaron, hay un sin fin de cómplices que, por comisión u omisión, han facilitado y estimulado la formación de estas personas, capaces de lacerar a una sociedad entera con sus decisiones absurdas.

Uno de los compinches de estos desalmados es la corrupción política y gubernamental en la que hemos vivido durante tantas décadas en nuestro país y que ha transgredido las normas legales y los principios éticos de manera sistemática, generando desigualdad, injusticia e impunidad. 

La corrupción no termina en el desvío de fondos públicos hacia Institutos Políticos para tomar ventaja en los comicios electorales; no solo significa la adjudicación de contratos de manera directa a empresas fantasma constituidas por prestanombres para enriquecer a quienes, por mandato constitucional deberían de servir y no servirse, o para beneficiar a familiares y amigos en detrimento de la libre competencia económica de proveedores y contratistas locales; no solo supone que unos cuantos se llenen los bolsillos de billetes en periodos muy cortos de tiempo, la corrupción genera desigualdades tan atroces como que hombres y mujeres tengan que trabajar más de 12 horas al día por un sueldo paupérrimo y cuyo costo se traduce en desatención a los hijos; la corrupción permite la existencia de escuelas que carecen de las cualidades básicas para que los niños y las niñas puedan estar en condiciones óptimas para aprender y formarse un criterio que les permita decidir entre lo correcto y lo incorrecto; la corrupción representa la falta de espacios públicos adecuados que estimulen la práctica del deporte y de la cultura para que niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos, puedan dedicar su tiempo en actividades formativas y de sano entretenimiento; la corrupción propicia que solo unos cuantos tengan la oportunidad de mantener a sus familias a través de un trabajo licito; la corrupción genera estrés, hartazgo y coraje social debido a la discrecionalidad en la aplicación de la justicia y a la constante creación de ´chivos expiatorios´ para fines político-electorales; la corrupción ha hecho que nuestra sociedad reconozca mayor viabilidad en ser delincuente que empresario, enfrentando los riesgos que suponen penas permanentes y beneficios efímeros.
Todo funcionario público que administre los fondos del País, Estado o Municipio, en desapego a los principios de eficacia, eficiencia, economía, transparencia y honradez, y no se destinen a los fines a los que estaban previstos, serán cómplices, en su justa medida, de los actos individuales y colectivos que cometan los hombres y las mujeres, miembros de nuestra sociedad. 

Este terrible cáncer, el de la corrupción, es tan complejo que va más allá de una decisión personal, de un asunto cultural de los mexicanos, mucho menos es un virus incrustado en nuestra estructura genética, la corrupción aparece cuando existe la combinación de diversos factores que la hacen posible como la necesidad, los intereses particulares de la clase política y sector empresarial en detrimento de los potenciales beneficios colectivos, la oportunidad de serlo debido a la ausencia o al exceso de regulación y burocracia, normatividad ambigua, confusa y en muchos casos contradictoria. 

El fallecimiento de tantas víctimas de la delincuencia, es secuela de la enorme bola de nieve que va formando la corrupción en el sector público de nuestro país por medio de los daños patrimoniales gigantescos que se han fraguado a través de la historia, impidiendo que los recursos económicos se apliquen con miras a mejorar, entre otras cosas, las condiciones económicas, sociales, educativas, de salud, de seguridad, de vivienda, de cultura y deporte de las personas. No seamos permisivos con la corrupción, porque este mal, combinado con otros factores, se convierte en muerte, ya que aniquila oportunidades, esperanza, progreso colectivo y convierte en salvaje a una sociedad que intenta ser civilizada.

La verdad desde mi ignorancia.

 




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