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POR Luis Esquivel

En un mundo en el que parece que la economía y la política actuales han caducado, la respuesta lógica para hacerse del poder es el populismo, pues no hay mejor manera de entrar y de encajarse en “El...

En un mundo en el que parece que la economía y la política actuales han caducado, la respuesta lógica para hacerse del poder es el populismo, pues no hay mejor manera de entrar y de encajarse en “El sistema” que siendo los principales críticos de ese sistema al que se quiere pertenecer.  

En un mundo donde el pueblo parece rechazar el libre mercado, la globalización y la democracia, el único discurso redituable políticamente es el ponerse de lado de las masas, crear a un enemigo público común, denunciar a quienes ostentan el poder como ladrones y culpables de la pobreza, hablar con falsedades sobre los asuntos que necesitan arreglo,  demeritar y prometer desmantelar buenas políticas, atacar a los adversarios con bravuconerías y acosos, ostentarse como dueños absolutos de la verdad, promover el nacionalismo recalcitrante que busca cerrar fronteras y hacer grande a la población mayoritaria contra las minorías y hacer de la información y su difusión un enemigo. En otras palabras, discursos que llegan al corazón del pueblo, pero que bloquean su razón; Discursos que hacen del ejercicio de elección democrática un concurso de popularidad y no uno de méritos.

No es de extrañarse entonces que la tendencia política se dirija hacia el populismo, de izquierda o de derecha, es indistinto; no es de extrañarse que poco a poco el mundo esté imitando a los Estados Unidos y al Reino Unido y que por todas las latitudes estén surgiendo “Donald Trumps”, candidatos no preparados y disparatados que hacen campañas abanderando causas indefendibles en el discurso políticamente correcto pero que conectan con la gente, que prometen el cielo, el mar y la estrellas siempre pensando en que de llegar al poder, su incapacidad será excusada por lo “podrido” del sistema que llegaron a “romper” y que la culpa será de sus antecesores.

Así se hizo Donald Trump con la presidencia de Estados Unidos: prometiendo recuperar empleos según él perdidos ante México -a quien convirtió en el enemigo- y con un discurso  de hacer a su país grandioso, con toda la ambigüedad que eso conlleva. Así lograron Boris Johnson y Nigel Farange que la población del Reino Unido (en realidad solamente la de Inglaterra) votara por su separación de la Unión Europea: denunciando que los empleos se perdían ante la población de sus socios y prometiendo que recobrarían su independencia, sea lo que sea que eso signifique. 

Con la misma ambigüedad y discurso lograron Silvio Berlusconi y Beppe Grillo que el referendo constitucional propuesto en Italia por Matteo Renzi fuera votado en contra, así como Recep Tayyip Erdogan logró que su referéndum en Turquía fuera votado a favor.

Esa misma campaña lleva a cabo Marie LePen en Francia: recobrar los empleos perdidos a manos de inmigrantes, restaurar las tradiciones francesas diluidas por el establecimiento de otras culturas y abandonar la Unión Europea que según ella solo ha traído daños a su país, haciendo claro uso de un discurso islamofóbico que aprovecha el momentum y el dolor de los atentados terroristas para erigir a un enemigo público que ella sola y solo ella puede vencer. 

Así fue el discurso de Geert Wilders en los Países Bajos: euroescéptico, desordenado y políticamente incorrecto, decía lo que nadie con aspiraciones auténticas se atrevería, insistía en la ineficiencia y en los perjuicios que ha representado la Unión Europea para los países más desarrollados del continente, prometía reforzar las fronteras e igualmente reprochaba la existencia del Islam, por considerarlo fascista.

De manera similar lo hizo Norbert Hofer en Austria, que también aporta al discurso anti islámico denunciando que la presencia de los refugiados incrementa la criminalidad haciendo de la minoría musulmana el enemigo de su pueblo,  sin proponer abiertamente la salida de la Unión despotricó en contra de las instituciones comunitarias culpándolas de que a los austriacos les fuera mal, y si bien el empleo no fue una bandera de su campaña si lo fueron la entrega de ayudas económicas asistencialistas a grupos vulnerables, en específico, a los discapacitados.

Del otro lado del espectro, en la izquierda, existe el ejemplo de Jorge Lago, líder del partido Podemos en España cuyo crecimiento en base a un discurso anti élite que denunciaba que la coalición gobernante era antidemocrática y en contra de los pobres y que prometía al pueblo que solo a través de ellos serían capaces de recuperar a su país, de ponerlo en orden y de orientarlo al camino correcto logró impedir la conformación de un gobierno en España por más de un año.

Igual sucede en México con Andrés Manuel López Obrador: establece como enemigo suyo y del pueblo (que son solamente sus seguidores) a la “Mafia del Poder” un ente en el que caben todos, excepto él y sus incondicionales (mientras le sean útiles) y a quienes insulta en cada oportunidad que tiene, abandera la causa más sentida por los mexicanos que es la corrupción y se yergue como el único político impoluto e incorruptible, promete que él y solo él tiene la fórmula para que México dé un giro de 180 grados y reanude el crecimiento económico, recupere empleos y a la vez nadie pague impuestos a sabiendas de que si llega a Los Pinos cualquier culpa será de Peña, o Calderón, o Fox, o Zedillo, o Salinas, o todos los anteriores. 

Y así se replican los casos alrededor del mundo, con candidatos que usan el populismo anti corrupción como plataforma en Kenia con el opositor Raila Odinga, o que llegaron al poder con discursos anti elite como Evo Morales en Bolivia, los Kirchner en Argentina, Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela y los Castro a Cuba, o con discursos contra la criminalidad culpando a diferencias raciales como Narendra Modi en la India y Rodrigo Duterte en Filipinas. Y por supuesto, el discurso populista económico que mantiene en el poder a Shizo Abe de Japón y el discurso de superioridad y hegemonía que encumbra a Vladimir Putin en Rusia.

¡Y es que  no es tan difícil descifrar al populismo y a los candidatos que abusan de él! ¿Qué buscan? Aprovechar el momento para hacerse del poder. ¿Cómo? Prometiendo un mundo fácil, con soluciones sencillas a problemas añejos. Oportunistas con ambición, podría decirse. Lo que sí es difícil entender es por qué la tendencia sigue.

2016 y 2017 han sido buenos años para los populistas, pues a pesar de los descalabros en Países Bajos y Austria, la ideología se siembra para las nuevas generaciones. La xenofobia, el chauvinismo y el proteccionismo económico van de gane, y ese es el mundo en el que vivimos. 




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