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POR Luis Esquivel

Grave error de un gobernante inmerso en un aparato democrático el ser inconsciente de que su mandato llegará a un final; peor es el error si el gobernante en su megalomanía no solo pasa por alto el térmi...

Grave error de un gobernante inmerso en un aparato democrático el ser inconsciente de que su mandato llegará a un final; peor es el error si el gobernante en su megalomanía no solo pasa por alto el término de su administración sino que se convence de la eternidad de su poder y de la lealtad irrestricta de quienes fueron sus colaboradores. ¡Triste escena cuando les alcanza la realidad!

      Casos hay para estudio a lo largo y ancho del mundo, a nivel nacional y por supuesto a nivel local. El ejemplo estrella: César Duarte, aquel que creyó que los chihuahuenses le perdonarían todo por haber alguna vez declarado que daría su vida por la nuestra; aquel que desde el día uno advirtió que el poder era para poder y que él haría y desharía a su antojo, sin oposición. 

       Nadie en ese entonces se imaginaría lo complicado que sería el 2016 y que el plan transexenal quedaría comprometido. Ante esa realidad, el entonces gobernador actuó para que en caso de que la realidad lo alcanzara pudiera estar protegido en varios frentes. Así pues nombró magistrados y un presidente a modo en el poder judicial, dejó escuderos leales en el PRI, en el Congreso Estatal y en el de la Unión, y claro en los organismos de fiscalización.

      Llegada la tragedia, con sus candidatos en la lona y uno de sus peores enemigos en su antigua oficina, la eternidad de Cesar Duarte está más en riesgo que nunca; poco a poco caen los alfiles que dejó, pues por ingenuo creyó que el poder para poder era una patente de su administración.

      Poco tardaron los famosos “chanates” – como llamaba Duarte a sus colaboradores y amigos que alguna vez le fueron leales –  en saltar del barco y buscar cobijo en otros grupos. Alejandro Domínguez como diputado federal que es, ya comenzó a colaborar con el nuevo gobierno, Christopher James Barousse se cobija con el Presidente Nacional del PRI y Pedro Domínguez que ya se acomodó en la delegación estatal de Prospera con apoyo del poder en el Ciudad de México; y por supuesto no son los únicos, pues también renegaron de sus filias personajes como el exfiscal Jorge González que no dudó en aceptar un puesto en la administración independiente en Juárez.

      Con el fin de la era del “duartismo” los primeros damnificados fueron algunos delegados federales como David Balderrama o Delia Rita Soto, los más allegados al exgobernador y que no pudieron, o no quisieron, poner espacio de por medio a tiempo. 

         Sin embargo el primer gran golpe de realidad fue la remoción de Gabriel Sepúlveda como Presidente del Poder Judicial de Estado. Así como llegó se tuvo que ir, a base de decretos y golpes bajos, y por más que trató de aferrarse al poder buscando amparos fue forzado fuera de la oficina que tomó de José Salcido por instrucción casi directa del entonces gobernador para conducir la entrega del edificio del poder judicial.

       Quien también tiene sus días contados es el Auditor Superior del Estado, Jesús Esparza, que durante el sexenio anterior fue más empleado del poder ejecutivo que del legislativo, como tuviera que serlo. El autor de los informes que satanizaban las administraciones opositoras al régimen duartista –como las de Marco Quezada y Mario Mata-  y de los que durante años no encontraron ni la más mínima observación en las cuentas estatales, tendrá seguro que dejar su puesto antes del trámite de la última cuenta pública del gobierno anterior, pues su patrón original ahora controlado por el PAN reclama el puesto para seguir afectando intereses.

     También hace sus maletas Guillermo Dowell, presidente del PRI estatal cuya salida es inminente no solo por los resultados de la elección, sino por el mayor pecado que un priista puede cometer en este tiempo, ser leal a Duarte.

        Su salida se acelerará gracias al escándalo que lo salpica de corrupción al recibir recursos de las retenciones a los salarios de los burócratas estatales. Al PRI se antoja difícil que llegue Fermín Ordóñez, otro leal al grupo, pues está claro que se encuentran en un punto donde la apuesta debe estar al otro lado del péndulo. 

         Después de Dowell, seguirá Karina Velázquez una de las pocas candidatas ganadoras en la elección pasada y en cuya llegada a la coordinación de la bancada priista en el Congreso del Estado se ve inequívocamente la mano del exgobernador. A la diputada no se le puede retirar de su curul, pero la nueva dirigencia en el partido seguro la retirará de la coordinación a favor de la diputada más neutral Adriana Fuentes. 

       Finalmente también alcanzará el escandalo a Carlos Hermosillo, diputado federal y protagonista de uno más de los reportajes televisivos sobre la administración de Duarte. Las acusaciones, de concretarse, pudieran ser razón para su desafuero que lo haría dejar de formar parte de la bancada en la que cada vez pesa menos. 

         Y la cereza del pastel: la renovación de los organismos autónomos del estado, en especial el ICHITAIP en donde ya no se seguirán líneas, no por lo menos de Duarte. 

        Así van cayendo una a una las piezas de eternidad del megalómano sexenio anterior, sin poder en el Supremo Tribunal de Justicia, despojado del manejo del partido que usó como franquicia, sin brazos en los congresos y vulnerable a la fiscalización. Poco tiempo hará falta para que la única “duartista” con poder sea la alcaldesa de Chihuahua, Maru Campos. 




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