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POR Luis Esquivel


Después de las de junio, la elección presidencial de noviembre en Estados Unidos es la de mayor trascendencia para los mexicanos hasta 2018, no solo por el interés que causa la elección del autodenominado “líder del mundo libre”, sino por las consecuencias que invariablemente tendrá en la relación bilateral México - Estados Unidos y sobre todo las que tendrá hacia la comunidad mexicoamericana.

     Con sus respectivas nominaciones en la bolsa Donald Trump y Hillary Clinton serán los candidatos menos queridos en la historia reciente de Estados Unidos: El magnate de los reality shows que lleva a cuestas su boca floja y sus controversiales apuestas empresariales vs. la eterna novia de mano sudada de América que con una exposición pública de más de 20 años carga las culpas de su esposo, algunos votos reprochables por su paso en el senado, decisiones cuestionables desde la Secretaría de Estado y hasta con la elección de su guardarropa.

     Ambos tienen por delante cinco meses de campaña cuesta arriba; una cuesta que será más pronunciada para la que pudiera ser la primera presidenta su país, porque aún le falta convencer a Bernie Sanders de apoyar su proyecto, para tener después que desplegar una intensa operación cicatriz que se complica con cada día que Sanders sigue en la carrera; luego tendrá que lidiar no solo con Trump en la elección general, sino con su “legado” y finalmente con su propia imagen al exterior en una eventual administración Clinton 2.0.

      Con respecto a las elecciones primarias, Hillary no debe tener ningún problema en captar por lo menos tres cuartos de la base de apoyo de Sanders, ellos mismos lo han dicho hay más cosas que nos unen que las que los distinguen. Sin embargo la permanencia del senador de Vermont en la carrera hasta por lo menos pasadas las elecciones de Washington (y hasta la convención si así se lo propone) dificulta para Hillary la primera estocada que daría a la campaña republicana, que sería salir avante con toda la fuerza demócrata apoyándola. Otro riesgo al respecto es la influencia que le tendrá que ser entregada a Sanders, quien busca que sus opiniones y posturas formen parte de la plataforma de su partido y con las que Clinton pudiera no estar completamente de acuerdo, así como la gente que deberán incluir en la campaña y la opinión que le tendrán que pedir al momento de hacer nombramientos, sobre todo el del Vicepresidente; de no hacerlo Sanders bien pudiera buscar una candidatura independiente y minar el avance de Clinton en la elección general haciéndola perder votos electorales que pudieran ser la diferencia. 

      En la elección general el reto radica en dos puntos clave: la posibilidad de crecer y la capacidad de financiamiento; en ambas lleva las de perder. Trump siendo un newcomer o un outsider aún no ha alcanzado su tope máximo en las preferencias electorales, mientras que ella ha estado en ese máximo desde hace ocho años que contendió contra Barack Obama y de ahí solo se puede caer, algo que ya ha comenzado a ocurrir. En cuanto al financiamiento, la naturaleza de su campaña la hará necesitar mucho más dinero que Trump, añadiéndole el hecho de que tendrá también que luchar por cobertura mediática, algo que Trump obtiene  gratis cada vez que abre la boca y que le sirve de propaganda haciendo que tenga que invertir menos capital.

      Afortunadamente la democracia gringa tiene un grave desperfecto y gracias al colegio electoral las encuestas de opinión que ponen a Donald Trump algunos puntos por encima de Hilary importan poco a la hora de repartir votos electorales y de juntar los 270 necesarios para llegar a la Casa Blanca. Las tendencias actuales mostrarían una ventaja para los demócratas con 217 votos seguros incluyendo los de Nueva York y California, contra 191 votos asegurados para los republicanos que tienen a Texas de su lado. En la repartición de los votos restantes, existen estadísticamente más posibilidades y combinaciones para una victoria de Clinton, pues basta con que gane 53 votos más de los que ya tiene en la bolsa, algo que no deberá ser de mayor dificultad, aún si llegara a perder el voto popular.

      De cualquier manera el reto más grande vendrá después de la elección: la reconciliación. Internacionalmente la experiencia diplomática de Clinton es suficiente, además que debe bastar gritarle al mundo “No soy Donald J. Trump” para arreglar lo que el magnate ha lastimado en las relaciones de su país con México, Alemania, Reino Unido y la totalidad del mundo árabe, entre otros. El problema será la reconciliación social, pues en caso de llegar a la presidencia gobernará un país profundamente dividido y confundido por su propia diversidad. Se enfrentará y tendrá que solucionar al corto plazo las exigencias de las mujeres que buscan un mejor salario y de los migrantes que buscan oportunidades de trabajo, tendrá que desterrar la idea de que la tortura es efectiva y detener la violencia en contra de los afroamericanos; todo sin lastimar demasiado a los que se consideran “true americans”. La resaca que pueda ocasionar Trump será difícil de sobrellevar pues prácticamente la mitad del electorado tendrá en su mente las ideas misóginas y racistas del neopolítico, y de no ser bien abordadas pueden derivar en violencia.

      No será un camino fácil para Hillary, y tendrá además que hacerlo en tacones.

 




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