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POR Jesús Abbud Yepiz

  El testamento es la declaración voluntaria de las personas en la que expresan lo que quieren que se haga con sus bienes después de su fallecimiento; es el acto solemne, sometido a ciertos requisito...

 

El testamento es la declaración voluntaria de las personas en la que expresan lo que quieren que se haga con sus bienes después de su fallecimiento; es el acto solemne, sometido a ciertos requisitos legales, en donde establecemos quienes serán los herederos de nuestras propiedades y recursos económicos. Así, podemos entonces decir que un testamento moral, no sería más que la herencia de ideas que dejamos día con día a nuestros descendientes a través del ejemplo y no por medio de las palabras, sobre que debemos hacer como individuos y miembros de una sociedad, para lograr el bienestar común y en consecuencia el éxito personal. 

Lamentablemente, actualmente en nuestro país, como en la gran mayoría de las naciones en el mundo, se sufre por el más duro y devastador de los “huracanes”, capaz de doblegar los principios morales básicos que debiesen de gobernar a la sociedad: el consumismo.

Este fenómeno, que ha colonizado rincón a rincón, ha logrado cultivar personas que enfocan sus recursos más importantes, como lo son su talento, su esfuerzo y su tiempo, entre otros, para acumular más y más riqueza, no midiendo las consecuencias secundarias de sus actos y motivados por el ansía de lograr insípidos objetivos como “encajar” en una  posición socio-económica más alta, disfrutar de placeres efímeros, ser “poderoso”, satisfacer su valoración excesiva de sí mismos y, en general, adquirir bienes y servicios que faciliten su existencia y la de sus seres queridos. Así, se ha logrado fraguar una de las eras con mayor desigualdad en la historia del mundo moderno, en la que a través de la bandera de la “libertad” se ha encumbrado al libertinaje que, a su vez, ha logrado establecer el pensamiento generalizado de que velar primero por los intereses personales es más satisfactorio y placentero que cuidar y proteger el interés colectivo de la sociedad, estableciendo un nuevo statu quo basado en desinterés por el prójimo, permitiendo así la indolencia de gobiernos y empresarios en el tema del cuidado al medio ambiente, multiplicando los escándalos en temas de corrupción y en robo a despoblado de gobernantes, permitiendo que la sociedad perciba como “comunes” las atrocidades que pasan en nuestro alrededor: feminicidios, guerras absurdas, violaciones, trata de personas, narcotráfico y actos terroristas; jóvenes que prefieren el camino corto (delincuencia) que el camino largo (estudio y trabajo) para mejorar su calidad de vida y la de sus familias, entre muchos otros ejemplos tortuosos.

Por esto, no debemos solo de buscar construir un patrimonio económico para heredarlo a nuestros descendientes, mejor debemos de reflexionar sobre la importancia de encumbrar como prioridad de herencia el enseñarles a los menores del hogar a disfrutar la enorme dicha que representa servir a los demás de manera desinteresada. Compartirles esa sensación de triunfo que es innegociable y adictiva, que puede lograr que los tiempos cambien y, sin medio a la equivocación, podría ser la medicina que cure muchos de los males que nos reinan en la actualidad. Aunado a lo anterior, debemos dejar establecido en nuestro testamento moral, redactado día a día, en letras grandes y legibles, una nueva conceptualización de la palabra “éxito”, que excluya sin excepción cualquier idea que relacione ser exitoso con poseer bienes materiales y, sobre todo, hacer especial hincapié en que una persona verdaderamente exitosa nunca, bajo ninguna circunstancia, ha derramado un solo miligramo de honor, dignidad y valores, para conseguir sus objetivos. 

Heredar buenas ideas a nuestra descendencia es regalarle esperanza al mundo. 
 

La verdad desde mi ignorancia. 

 

 




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