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POR Courier 12

Así como educamos al paladar, es posible –y por supuesto necesario– refinar el ojo, el gusto lector. Eres lo que comes, como dice esa frase tomada del inglés, pero también eres lo que lees.

Hace unos tres años un antiguo socio y yo nos detuvimos  comer en un McDonald’s sin pensarlo ni cuestionar nada. Había prisa por llegar a otra junta. La verdad es que nunca cambié radicalmente mi postura en cuanto a comida o café, nunca se me olvidó que pasé incontable noches estudiando en un Sanborns o en un Vips, ni que cené cientos de noches en algún McDonald’s vacío y lo disfruté bastante. Es más, cuando propuso llegar al lugar luego de ver la M gigante a lo lejos, caí en cuenta de que habían pasado al menos dos años de no sentarme en uno. Por eso, tocado por la nostalgia, hasta salivé pensando en los nuggets, tocino sobre la carne y las papas a la francesa que estaba a punto de meterme por la cara. 

La sensación luego de darle la primera mordida al Cuarto de Libra me tiene entristecido  hasta la fecha. No sé si fue un mal día para su «chef» o si tuve yo algo que ver, pero el sabor fue tan desagradable (recordé a las personas que comparaban esa comida con cartón o suelas de zapato) que no terminé la hamburguesa, ni los nuggets,y solo quedó vacío el contenedor rojo de las papas. 

De vuelta en el carro hablamos de eso. Llegamos a la conclusión de que, luego de tanto tiempo de no comer McDonald’s (nunca por esnob, nunca por foodie), había borrado de la mente el sabor o su no sabor. En esos años de ausencia comí hamburguesas maravillosas, con cuerpo, sabor y hechas esas sí «a mano», y le di tiempo al paladar de olvidarse de las «suelas de zapato». Desde aquella comida con mi antiguo socio no he vuelto a caer cuando veo la M elevándose majestuosa al costado de alguna avenida. 

Asumo que a más personas les ha sucedido algo similar con hamburguesas, carne, café, pan (luego de probar los panes de la plétora de cafés que han surgido en la ciudad ya no puedes abrir alguna de las plastas azucaradas de Marinela y disfrutarla). Muchos ni se paran en un Vips y encarcan la ceja en su papel de connaisseursi les propongo pasar a un Starbucks. Solo método dripper, por favor, dicen. 

Con los libros es lo mismo. Cuando comencé mi segunda etapa como lector, ya terminando la adolescencia, leía casi cualquier cosa y hasta llegué a comprar uno o dos libros en un supermercado. Por fortuna, al menos un par de amigos fueron instruyéndome, me prestaron mejores libros y, sin darme cuenta y sin pretensiones, fui mejorando mi paladar de lector. De los libros de bolsillo con malas traducciones pasé a editoriales como Anagrama, Sexto Piso y Acantilado, cuyos textos distan mucho de aquellas primeras lecturas. Eso además de la calidad de materiales del objeto y del cuidado en el diseño editorial. De leer solo novelas de misterio o temas sencillos, comencé a interesarme por leer a pensadores, poetas y ensayistas (aunque sigo lejos de ser un academicista). Así, en apenas un par de años, entendí la diferencia entre un libro y otro, entre una editorial y otra. Un libro como objeto: portada, hojas cosidas o pegadas con palabras impresas no es algo genérico. No todos los que escriben y publican son escritores. No todos los libros son libros.

No quiero haer referencia al contenido de cada libro (ni a que lean de ficción o ensayo), primero por la variedad de temas que existen y porque conozco nada sobre la mayoría. Sería irreponsable hablar de eso ahora, aquí. Lo que sí puedo hacer es proponerles la refinación del paladar lector a partir del estilo, del lenguaje o de la escritura misma porque, como me pasó con McDonald’s, no puedo ahora leer una mala traducción o a un escritor cuya lengua materna sea el español pero que descuide el lenguaje. Me sabe mal. No puedo terminarlo. Así como no pude terminarme aquella Cuarto de Libra. 

Aquí algo curioso. Por lo general, vivimos un momento de rechazo a las cadenas, a lo genérico, a lo procesado. A casi todos les llama la atención el restaurante único, a veces perdido en una callecita europea o en un barrio de tradición en Guanajuato (no hablo de Monterrey porque esos ahora son estacionamientos o plazas comerciales, pero el equivalente sería lo chic en un cuarto piso de plaza llena de luces y con nombre en inglés). Respondemos favorablemente ante palabras como: artesanal, rústico, casero... Nadie se lo piensa dos veces para gastar más si la comida lo vale. Entonces me queda la duda de por qué habríamos de consumir libros superventas que aparecen en un parabús o en un panorámico, que se venden a raudales, como gansitos o pingüinos en tienda de autoservicio. Por qué leer libros que, como objetos, son el equivalente a una hamburguesa de McDonald’s. 

Los libros producidos en masa tienden a ser facilones, mal escritos (de hecho, muchos se producen a vapor, en un par de meses). Si sabemos de la complejidad de llenar páginas con buena escritura, un libro grueso, de venta masiva, de seiscientas páginas, difícilmente será algo bien hecho. Es incluso ilógico que se haya escrito con un buen, al menos mediano, uso del lenguaje. 

De hecho, estos libros funcionan igual que la comida chatarra. En momentos bajos, la comida fácil llena un hueco y podría ser hasta una forma de castigarnos con masa sin sustancia. La lectura de tantos libros con ideas repetidas y obvias, pura tautología, que ciegan y no revelan, son los nuggetsde nueve piezas de las librerías. Visto eso, quizá sería buena idea exigirle a los libros lo mismo que a la comida. Quizá sería buena idea pasar de la mesa de novedades o «más vendidos», a los pasillos de filosofía, psicología, literatura hispanoamericana, poesía, sociología, levantar un libro, tocarlo, compararlo con aquellos comerciales y procesados, ligerísimos, de hojas de mala calidad, tipografías enormes y párrafos minúsculos, para pensar cuál de esos merece un lugar en una cuenta de Instagram.  Cuál de esos corresponde al estilo de vida que presentamos en las redes. 

Si existe la intención de mejorar el gusto, si leemos semanarios culturales, reseñas y buscamos más allá de los estantes decorados con brillantina y lentejuelas, si dejamos que una lectura nos lleve a otras, ese refinamiento irá dándose seguro. 

A final de cuentas (y no al final del díaporque es un calco del inglés) es vital crecer como lectores: refinar el paladar. La estructura de las ideas, la escritura de una oracion, los juegos lingüísticos y las variaciones sintácticas enriquecen nuestra forma de pensar, la expresión y visión del mundo. Como dijo Fernando Lázaro Carreter: El lenguaje es el andamiaje del pensamiento. Es necesario entender que pasar los ojos por una serie de palabras vueltas oraciones no es leer. Leer es un proceso, es reflexión, reconocimiento. Es pensar como entretenimiento, no entretenimiento como tapón de un hueco. Vamos a leer entonces aquello que sea único, con cuidado, libros como hamburguesas artesanales. 

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