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POR Roberto Guzmán

Y tú... ¿Vas a permitir que la canoa en la que estás se voltee?

Hace unas semanas tuve la oportunidad de hacer un viaje a una región montañosa, llena de naturaleza, animales, árboles y muchos ríos.

Un martes de agosto, invierno en aquel lugar, visitamos una cabaña pegada a un río llamado Urubamba con la finalidad de practicar un deporte extremo, el rafting o canotaje, el cual nunca había realizado.

Me encontraba muy emocionado por vivir experiencias nuevas, con gente de diversos países, y por saber que iba a intentar domar un río rápido y frío

En la cabaña nos cambiamos con un traje de neopreno y con tenis especiales para dicho deporte, una vez terminado esto nos subimos a una camioneta que recorrió algunos kilómetros cuesta arriba para dejarnos en el punto en el que empezaríamos.

Delante del río, nos dieron las primeras instrucciones; en la canoa iban 4 personas que no conocía, una pareja de Lima, una chava de otra región de Perú y el guía e instructor de Cusco.

El guía fue muy claro con nosotros, empezó con lo siguiente: "Esto no es un juego, aquí podemos perder la vida si no trabajamos todos juntos en equipo y en armonía como una orquesta. No se trata de fuerza, se trata de inteligencia"

Al principio ninguno de nosotros le presto mucha atención al guía, nuestro ego era demasiado grande, entonces empezamos a remar cada quien por su cuenta, sin sincronía, cada quien hacía lo que quería.

Los resultados eran poco positivos, no avanzábamos lo suficiente para la fuerza que le estábamos poniendo a cada movimiento.

Debido a la situación de poco éxito, el guía nos regañó y volvió a explicar todas las instrucciones para hacer el canotaje de la forma adecuada.

Pasó 1 hora desde el inicio y aún no podíamos avanzar la canoa de la manera correcta, se comenzó a sentir un poco de desesperación, cada vez el río iba más rápido y pasábamos por piedras muy grandes, las cuales vimos demasiado cerca.

Ahí fue cuando comenzamos a darnos cuenta, de que si no había comunicación entre nosotros, la canoa podía voltearse y pasar algo grave.

Entonces todo cambio, logramos entendernos después de casi 2 horas de trayecto en las que la adversidad nos hizo cambiar nuestros egos por humildad y empatía.

Remamos todos al mismo tiempo, como un engranaje perfecto, nos comunicábamos para hacer mejor las cosas, para así lograr la misión que era llegar al destino final sin lesiones.

Festejamos cada logro pequeño, cada vez que salíamos ilesos de un rápido y al llegar al destino hicimos casi una revolución de festejo.

Lo mismo pasa en los equipos de trabajo en las empresas de cualquier tamaño, el ego y la falta de comunicación suele jugar en contra, las diferentes formas de pensar hacia objetivos diferentes hacen que los equipos se fragmenten.

Y si ellos no trabajan juntos como uno solo en las adversidades como lo hicimos nosotros aquel día, las probabilidades de que su canoa (empresa) se voltee son muy altos.

En la empresa tiene que existir un buen ambiente de trabajo, un objetivo claro bien estructurado, una buena capacitación a quienes tocan en la orquesta, un maravilloso festejo por las metas alcanzadas y un excelente director quien dirija de forma responsable esa canoa.

No importa si el día de hoy no eres el dueño de la empresa, eres parte de un gran equipo de trabajo que espera lo mejor de ti.

Y tú ¿vas a permitir que la canoa en la que estás se voltee?




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