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POR Courier 12

En las redes pululan consejos y ejemplos de corrección ortográfica, pero quizá haga falta reflexionar sobre el acto, la importancia de la escritura, y la manera de entenderla y acometer la empresa de cultivarla paso a paso.

Dejemos las cosas claras desde la primera línea: nuestra intención no es ejercer de policías gramaticales, correctores sabiondos ni abusones ortográficos. Primero, porque si bien nos dedicamos desde hace varios años a escribir (traducir, corregir, editar y leer) para pagar las cuentas, seguimos aprendiendo del idioma y segundo, porque, como a cualquiera le pasa, a veces nos tropezamos, resbalamos y caemos de bruces sobre el texto. Por eso, la idea es ir construyendo un espacio para reflexionar y no un paredón.

Sabemos que la escritura correcta es una carta de presentación. Dice bastante de una persona. Por eso, se ha vuelto común publicar, compartir o retuitear imágenes o memes con la idea de señalar errores o fallas de otros, sobre todo si ocupan cargos públicos en los que ni siquiera es necesario saber «ler».

Sin embargo, aquí nos topamos. Por un lado, celebramos la puntada y aceptamos la importancia del buen uso del lenguaje, de la elocuencia (incluso compartimos las frases chistosas escritas en negro sobre fondo amarillo que se nos atraviesan en Facebook); por el otro, a veces se nos olvida que poco o nada hacemos para fortalecer nuestro dominio del idioma. No, el hecho de compartir la publicidad de la librería más famosa de México en redes no nos hace mejores lectores, ni mejores escritores.

Si hemos de perfeccionar nuestra comunicación escrita será gracias al pensamiento. A la lectura. Sobre todo a la lectura, porque será imposible mejorar si no se lee y se lee bien, es decir, textos bien escritos primero, buenas traducciones después. Son esas traducciones espantosas que se leen como doblaje de infomercial de los primeros años del cable las que van ensuciando lo que alguna vez aprendimos bien (al terminar el párrafo viene a la mente la publicidad del Slam Man o de los cuchillos Ginsu que cortaban un zapato y por eso debían existir en toda cocina).  

Por eso, repetimos: el objetivo de este espacio es reflexionar (y también divertirnos) a partir de situaciones que vayan surgiendo en el día a día. En la oficina, con un correo electrónico, en la lectura de una carta o reporte, cuando nos atoremos en la escritura del contenido de una presentación importante. Con cada problema que necesite solución. No necesariamente con dudas que se resuelvan con una consulta en Google o en la página de la Real Academia Española (alguna vez nos preguntaron en un curso de escritura por qué la eñe llevaba la virgulilla encima y bueno, para eso basta ir a la liga), sino con la detección de vicios del lenguaje, con los motivos de la evolución del idioma (anglicismos, coloquialismos o neologismos), en su pertinencia, en el uso, en si reflejan nuestra voz o estilo. 

Inquietudes nos sobran, por ende, buscamos generar un diálogo con los lectores de la revista para pensar en la buena escritura (pues de ella parte la comunicación) como una manera más de convertirnos en emprendedores primero, en buenos emprendedores después. Es decir, en «PRO».

Entonces, quedamos en eso: no vamos a aleccionar a nadie. La idea es emprender en la escritura. Trataremos de caer pocas veces en el cliché de citar a la RAE (además, no somos lingüistas), pero a veces viene bien: 

emprender

Del lat. in 'en' y prend?re 'coger'.

1. tr. Acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro.

Proponemos acometer y comenzar la empresa de reflexionar sobre la escritura, algo que sin duda encierra dificultad o peligro. Por eso, si de por sí ya es un tema complejo o laborioso, de nada sirve acusar o señalar, sino más bien motivar y despertar una curiosidad que, bien encaminada, lejos nos ha de llevar.

Sirva pues esta primera publicación arranque.

Si surgen dudas o comentarios no duden en escribirnos a agencia@courierdoce.com. 




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